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La vida es irónica:
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martes, 14 de diciembre de 2021

Break time

 


Lo de este domingo ha sido un adiós demasiado forzado. Le he dado vueltas  a mi cabeza y a mis piernas hasta hacer de  este talón dañado un asunto perentorio. Tengo que parar y empezar algo que me llene. Simular otra vida al menos. Imponer otra inercia a mis zapatos. Pedalear lejos.

No sabía si hacer o no una crónica de este domingo. Ser coherente y humilde es lo menos después de tanto ajetreo para 42 kilómetros de esfuerzo. Y yo no soy de tirar la toalla. En enero, quizás febrero pienso volver. Curaré mi lesión tantas veces como el corazón aguante e insistiré aunque esté agotada para que ningún adiós sea el definitivo.

Quizás esta forma de pensar no sea la adecuada y tal vez es por eso  que acabé en 3 horas y media lo que debí dejar en la mitad, cuando atravesaba en sentido oeste el paseo de los curas. El caso es que decidí acabar en silencio. Al ritmo que mi cuerpo pedía. Remontar con algo de glucosa y no pensar en el dolor. Romperme en carne viva al cruzar la meta.

No sabía si escribir de este domingo, pero Verónica Forqué se ha matado y leyendo, no sé… me he preguntado ¿me estoy yo también matando?  

En fin, de las derrotas también se aprende. Probaré a escribir sobre paisajes, sensaciones, entrenos de ensayo-error. No  puede ser que el camino acabe tan pronto. Bien o mal redactadas, aún me quedan kilómetros donde escribir mis huellas. 

martes, 8 de septiembre de 2020

36 Subida al Pico del Veleta

 Decía Goethe que el talento se educa en la calma y el carácter en la tempestad. Posiblemente desconocía de la hazaña que supone escapar a la tormenta. Experimentar ambas y no cuestionarse por qué, es, precisamente, seguir tu Dharma.

Pueden escribirse muchas crónicas sobre el Veleta. Esta es la mía. Cómo lo viví. Cómo lo siento aún en mi rostro deslucido por más kilómetros que años.

No sé aún por qué tomé parte de esta prueba. Realmente no tengo respuesta a ningún porqué, pero nunca he estado tan convencida de que este es el camino correcto.

Cuando comenzó el confinamiento, mi pequeño mundo se derrumbó como las horas de sol en septiembre. Estar en casa es agotador. La convivencia es agotadora. Y estar solo, con uno mismo, para mi es aterrador. Necesitaba ruido para no escucharme. Necesitaba la verborrea de una cinta con su altavoz detrás para acoplar los pasos. Eso hice. Una rutina tan férrea que me ha devuelto a la nueva normalidad con más fondo que antes.Luego fue el caos. La fase cero. Había que huir y agotarse y no dormir y así prescindir del altavoz y la cinta.

Ahora que por fin hemos salido de la caverna, volvemos a ser niños haciendo preguntas incómodas a un gobierno huérfano de reyes. Mahat se ha vuelto manifiesto en todas las cosas presentes. Pero el VELETA, con mayúsculas, es correr la cortina de la tempestad.

Son tres paisajes tan distintos que oscilan desde la noche más oscura, hasta la brisa cortante de la cima. Es tanta la belleza y el dolor junto que el tiempo y el espacio se desvanecen.

No puedo evitar identificarme con Forest Gump. Mi segundo papá dice que no me fíe de él. Que el cine nació para engañarnos. Pero yo pienso que la vida es experiencia y poco más. Las cosas que vienen y salen de la buena voluntad no tienen nombre. Samadhi. Nirvana. Moska. Qué más da. La cuestión es correr más allá de la tormenta.



miércoles, 13 de noviembre de 2019

La virtud de ser normal


No soy normal. Cometo excesos lingüísticos. No conmuto con mi conjugada traspuesta, ni me concentro siguiendo la tangente en su punto de tangencia. Es más, de un tiempo a esta parte ni me concentro, ni me distribuyo dentro de ninguna probabilidad de las dispuestas por ese tal Gauss y su retintinante campana. Simplemente dejo hacer a mi anormal sistema hormonal sus funciones, a veces alteradas por la maldita y bendita cafeína. Soy una declaración manifiesta contra la norma de despertar cuando salga el sol y, francamente no me preocupa demasiado.

En este sentido, la bicicleta, es una metáfora útil para la vida. La motivación no busca ni formas, ni referencias. Alcanzar la cima es ya un criterio verdaderamente relevante para quienes vamos en la vida con la inercia que presta el llano.

 Así, lo normal es subir por carriles con bici de montaña, plato pequeño y piñón grande para menor resistencia, y, sobre todo, anticiparse a los cambios. Yo, sin embargo, soy más de guardarme el último con la despreciable esperanza de que el final sea largo.

 Mi amigo Rosseau lo vería claro. La normalidad, a buen seguro, sería fruto de su contrato social, ese que nos estafa y nos limita. Aquel que obliga a renunciar a uno mismo en virtud del amparo de todos y nos hace menos locos y menos obsesivos y en muchas ocasiones menos felices.

Somos diferentes, gilipollas a veces, cursis algunos, idealistas los jóvenes y también los viejos no tan mayores. Somos tan volátiles como la rasante que quiebra de un llantazo nuestros sueños. Y al final lo normal se vuelve funcional. Así de simple. Aquello que funciona. A mi manera o la del vecino del séptimo. Una virtud tan niña e inquieta que no me deja ganar nunca al escondite.


Teresa Velasco Castillo

sábado, 29 de junio de 2019

Penúltimo viaje

Porque me basta la riqueza que da el sueño cuando me alcanza en un desvelo de ilusiones:

Tal vez el penúltimo viaje.
Un camino de luces contenidas. 
Un contrato antisocial que se pronuncia golpeando en el cadalso del poeta. Así lo siento. Con la afilada seducción de los aviones: pasillo veintiséis con ventanilla a los temores que produce el amor casi a los treinta. 

Así, como el poeta, que en su juego,  va domando su crisis de existencia.

¿Será la orografía tan solo el trance hacia aquello que llaman ser adulto? ¿cubrirá con losas mi vista estos paisajes?, ¿qué derecho ostenta  el cielo sobre el ave que lo cruza?

Dios sabrá en la utopía de su gobierno, 
mas si a vuelta de correo no hallan respuesta,
es que solo fui poeta en el infierno.

Teresa Velasco Castillo

lunes, 25 de marzo de 2019

29 Media Maratón de Málaga


Me di cuenta de que había dentro de Málaga un verano invencible con el resto de estaciones a la deriva. Que igual que sucede en el resto del universo, ninguna de las partículas que agitaban el interior del Paseo del Parque conocía un estado de reposo como el que yo ahora pretendo.
Descubrí, quizás tarde, que lo mejor que uno puede hacer es desaprovechar su talento. Respirar. Respirar sin querer ahogar tu angustia en el proceso y asumir la dinámica de cada entorno que conforma el mundo. Así fue. Ni mejor ni peor. Llegar a meta, parar el reloj y observar un número con el que sentirse más o menos identificados. Lo que hay detrás, por supuesto, es esfuerzo, dolor, constancia y trabajo, pero yo no soy un mero resultado numérico ¿Cuántas veces, si acaso remotamente, se ajusta el esfuerzo al resultado?
Es de esperar que causa y efecto vayan de la mano, pero cuánto daño puede hacer la extrapolación de resultados, y, todos sabemos que a los corredores, más que a ningún científico, nos encanta extrapolar cada parte del proceso hacia la meta.
Quiero decir que estoy satisfecha  no con mi crono de ayer en la 29 edición de la Media Maratón de Málaga, ni con la posición “respecto a” que pueda salir en una lista. Estoy satisfecha por la plena conciencia de saber que no me voy a enfriar cuando llegue porque allí está mi padre esperando. Estoy satisfecha porque veo a los demás realizarse y eso me basta.
Estoy satisfecha con saber que soy quien soy gracias a mi madre, a quien apenas tuve tiempo de felicitar por su cumpleaños. Estoy satisfecha con mi mundo, porque sin ser muy grande, se está reponiendo continuamente en su demografía y puede que esa sea la mayor satisfacción que hoy tengo. Gracias.














viernes, 15 de febrero de 2019

Cuando aprenda a estar sola


La soledad no es el final, ni la respuesta. Así que hoy me resigno a lo que el camino disponga. Esperemos, como siempre, que sea largo...

Cuando aprenda a estar sola

Cuando aprenda a estar sola en torno mío
marcharé del ruido de los sueños
a contar  mi mal fingido a los caminos.

No volveré la mirada del sendero,
mejor es no saber y ver qué pasa
al quebrar con mi tumba el verde acebo.

Cuando aprenda que estar sola y tener miedo
es el múltiplo común de nuestra historia,
haré del verso  estéril alter ego
y venderé lo mismo que sabía: todo anhelo.

Bastará un poco de espuma y ansia viva
para dar de larga vida y corta infancia
una severa respuesta que me sirva

Cuando aprenda que estar sola no es eterno,
este mundo casquivano que viajo
falsearé con su mortal naturaleza

Sabré entonces cerrar las hojas yermas
del secreto que alberga el ser- yo-sola.
Seré, pues, belleza entrometida
que sonría a la muerte y la reciba.

Teresa Velasco Castillo

viernes, 11 de enero de 2019

21 gramos


Cuando en 2003 Alejandro González Iñárritu estrenó 21 gramos, yo apenas había cumplido los nueve años. Recuerdo insistir cada vez que pisaba el videoclub con mi padre por conocer dicha historia. Las historias del alma, desde que tengo uso de conciencia, son las que más atraen mi curiosidad. Quizás por ser una consideración ligada a la limitación de nuestro conocimiento o tal vez por el anhelo de una identidad con la que sentirme yo.
En cualquier caso, no ha sido hasta hoy que he podido disfrutar la película y, tal como vaticiné en su momento, se trata de un conjunto de lecciones que dejan huella.  Pero, antes de explicar el porqué, toca repasar su sinopsis:

La película comienza con una serie de flash back dónde se intercalan tres historias que al final convergen en una sola.
Sean Penn aparece como Paul Rivers, un profesor universitario que, enfermo, espera un trasplante de corazón. Su pareja, Mary (Charlotte Gainsbourg) quiere a toda costa un hijo, pero sus problemas de fertilidad a causa de un anterior aborto hacen casi imposible sus deseos e insiste en aplicar la inseminación artificial para el caso.
Paralelamente, Naomi Watts  encarna el papel de Christine, una ex toxicómana que ahora lleva una vida feliz junto a su esposo Michael (Danny Huston) y sus dos hijas.
La tercera y última de las relaciones que se muestran es la protagonizada por Benicio del Toro, un ex convicto que, desde su reinserción en la sociedad, ha adoptado las doctrinas de la religión cristiana como los pasos de su salvación.

Estructura

La narración cinematográfica de 21 gramos  se presenta como un auténtico rompecabezas o, como la mayoría de los críticos afirman, un puzzle cuya coherencia no se adquiere hasta bien avanzada la historia.
Las primeras imágenes se corresponden con el final, esto es, con la reflexión de Paul (Sean Penn) en su lecho de muerte. Desde ahí, empiezan a encadenarse los hechos dando inicialmente más espacio al personaje del profesor.
Una vez se conoce el accidente en el que Jack Jordan (Benicio del Toro) atropella al marido y las hijas de Christine, la trayectoria de la narración da un giro y, si observamos los tiempos, las escenas tienden a ser más prolongadas y menos aisladas entre sí.
Es en este punto que podemos ver la escisión dentro del personaje de Jack, que, pese a haber cambiado su comportamiento según lo dictado por las creencias religiosas, parece no poder escapar al pasado.  Esta vez, sin embargo, sale exento de cargos por falta de pruebas y, será entonces, cuando su conciencia ejerzca el mayor castigo de todos.
Paul, por su parte, insiste en averiguar quién fue su donante y, a través de un detective privado, llega hasta Christine. La conexión es casi inmediata y Paul pronto abandona a Mary y emprende una nueva vida. Cuando las cosas parecen funcionar, sin embargo, la salud del profesor comienza a deteriorarse.
Sin nada que perder, Paul se hace con un arma y decide vengar la muerte del marido y las hijas de Christine, pero, a la hora de disparar no puede más que amenazar a Jack pidiendo su huida. Jack, en lugar de marcharse, sigue a Paul hasta la habitación del hostal donde se hospeda con  Christine y comienza un forcejeo con ambos. En el revuelo, Paul se dispara a sí mismo en el pecho. La escena finaliza en el hospital, con la reflexión que citamos al inicio.

Conclusiones

¿En qué consiste mi identidad?, ¿Qué constituye el carácter respectivo de cada uno, el “yo soy”?
Son muchas las ideas que podemos extraer de la película, pero si me dan a elegir, me declino por el problema de la identidad personal y el peso de la conciencia, si es que ésta se da.
Cada personaje de la historia se define por sus acciones, por su pasado e intención futura, por su interpretación de sí mismo para los demás y también por la que los demás hacen de él. Es más, en el caso de Jack, son los “otros” quienes empujan al ex convicto hacia su anterior identidad.
Por eso no se trata de un simple cruce de almas. No estamos ante un telefilm de sobremesa, sino ante un mapamundi que aguarda en su seno al barco de Teseo, el caso Brownson y hasta las vísceras de un determinismo humano radical.
Para los que crean en la existencia de un alma, la historia de cada vida está condenada a repetirse hasta el desgarro. Para  los que somos escépticos, que no fríos, existe una vía de escape al “yo fui”: “yo soy”. Una cierta y remota cicatriz no es nuestra identidad. No tiene el mismo impacto un recuerdo que la impresión vigente de nuestra imagen.
Yo soy este edificio de derrumbamientos en permanente construcción. Mi identidad como tal está sujeta al cambio continuo al que me obliga el mundo, los acontecimientos, la muerte.
Aquí, en 21 gramos, la muerte es el motor del cambio de tres vidas. En sus manos, luego, está si volver a su caligrafía primitiva o retomar el texto en limpio y con buena letra.

Comentario por: Teresa Velasco Castillo. 

jueves, 3 de enero de 2019

Donde pongo mis labios soy tu beso


Comencé este poema a raíz de Ángel González y uno de esos sonetos que, pienso, ponen en cuestión a cualquiera que ostente reducir al hombre a estados físicos del cerebro. Comencé el poema una noche en la que, efectivamente, ese beso debía ser para otros labios. 
Empecé a escribir y, como siempre, cuando más sola estaba apareció Platón con su "carro alado" y Einstein hizo lo propio con su teoría del espacio que fácilmente se relaciona con los cuerpos. Estaba sola y vino Sartre a darme ese empujón que una necesita para arrojarse del todo y, en fin, día a día se construye el yo-autobiográfico. Día a día camina Rambo por enreversadas sendas, casi tan rebuscadas como algunos de mis versos. Espero que no tanto como la filosofía. Gracias a todos los que me leeis por ser también parte de este poema. 

Donde pongo mis labios soy tu beso
reducida a su carne en boca ajena,
la que inclina al auriga hacia su tierra
y aprieta el alma en  fatigosa prueba

Pongo mis alas a la espalda del cielo,
me juego el verso al espacio de tu cuerpo,
donde dejo mi fe, soy arrojada
a lo absurdo de existir en dicho beso

A fuego lento mantengo la postura
día a día llamo eterno a lo presente
ir, volver y del camino desasirse

Donde acaban tus labios, libre angustia
agoto mi vida en la teoría
de ver tus labios en otras consumirse.

Teresa Velasco Castillo






lunes, 24 de diciembre de 2018

Clases de amor para Platón


Que vivan el amor, la navidad y la hipocresía: 


He visto pues el impulso erótico
en la gamba articulada sobre el plato,
bebidas titilando al filo del abismo del poyete
como un engranaje de poleas en la escala Jenofonte.

La imposible cabeza del mejillón se sublima
en un progreso dialéctico hacia el bien.
La belleza es móvil en el centro de la mesa,
motor primero del discurso opuesto.

Hace un momento batalla de cubiertos,
un tenedor  se entrega a sus instintos,
la anchoa, enajenante, hace lo propio
y se entrelazan con pasión sobre el aceite.
El tomate, observa de reojo.

Así, nace el camino hacia el dios Eros,
ansia de carencia y de deseo en las palabras
de un Rey que de todos los amores,
solo a sí mismo se ama.

La época moderna ha hecho estragos,
está claro.
El pargo a la sal ya no trasciende,
lo que fuese reminiscencia de un saber
es la carne apartada a ras del plato.
El alma ya está fuera del menú.
Se añade al estoicismo el pan de molde,
elemento superfluo en la oratoria.

Amar ya no es lo fin y lo perfecto,
es, más bien, cosa del momento.
Y lo que surja después, ya es otra historia.

Por; Teresa Velasco Castillo





jueves, 6 de diciembre de 2018

Orgullo y perjuicio



Me siento orgullosa de la tierra que resido y presumo, aún hoy, después del polémico resultado de las elecciones, de ser miembro de una de las ocho provincias que conforman Andalucía. Porque se trata del contenido y no del continente. La Junta no es Susana Díaz, ni sus pechos transidos de espanto por un temor a lo nuevo.

Andalucía no es solo sol y playa, sino el arte que no nos queda con una tasa de desempleo que roza el 36%. Es la cultura que lucha por limpiar el  estigma de sus ropas. Es precisamente el estereotipo que no deseo para Cataluña, que, más allá de ser un problema soberanista es también un pueblo con sus problemas.

Hoy que mis hermanos estudian el feudalismo como un hecho pasado, seguimos dividiendo nuestra hacienda en tristes votos, buscando la ecuación unánime que dé solución al quiero y no puedo del gobierno. Pero, ¿alguien ha pensado en el contenido, es decir, la persona que va en el voto?

Digamos que hemos traspasado la línea del “todo para el pueblo, sin el pueblo” y ya no sabría decir “para” qué o quiénes votamos. ¿Andalucía?, ¿ España?,¿ Europa?, ¿la derecha?,¿ la izquierda?, 
¿Cataluña?

Insistimos con más frenesí e inconsciencia que nunca en ser el predicado de una oración que no nos corresponde. No podemos obviar que Andalucía, como todos los conceptos del siglo XXI, ya no cabalga aislada en una esquina de la pizarra, pero tampoco deberíamos tomar nuestras decisiones en base a un Estado que cada vez que nos refiere es para subrayar nuestra carga y no nuestras aportaciones a la Economía Nacional.

Solo pido que, ya que no se vota por la “polis andaluza” se haga al menos un pacto que no vaya en perjuicio de su gente. Que no retrocedamos ni un paso en los derechos que la mujer ha ido recopilando a lo largo de siglos con tanto esfuerzo y tan poco resultado en ocasiones.

Dejemos a un lado el número de votos en base a la escasa credibilidad de los medios y empecemos a gestionar  las ayudas del Fondo Europeo para su aplicación y no para su justificación.

Que no nos engañen con el continente, que echamos la culpa de lo que perdemos a otros, mientras el contenido se vacía desde las carnosas lenguas de nuestros políticos hacia su mal trabajo  independientemente de la bandera que porten.

Teresa Velasco Castillo

lunes, 15 de octubre de 2018

El rey astro y su tormenta


Días de tormenta que dan para mucho. Nostalgia de Brassens. Ahí lo dejo: 


Me importa igual a cero que los hombres
tengan pelo en su pecho jadeante
o un aliento fumigante en sus pupilas.

Me importa tres cominos que en el filo
de sus manos sea inmortal este pecado
o que su historia sea escrita en la mentira.

Para el caso, y en eso sí soy firme, no perdono
no entregarme en cada gesto.
No verte  y que no sea indicativo
de que el tiempo verbal es corto y triste.

Yo no quiero ser parte de este vuelo,
si no hay por medio un forzoso aterrizaje
¿acaso hay encanto en el rey astro
sin la escala fatal de su tormenta?

Yo no quiero amar más que volando
con los pies sobre la tierra de los muertos,
pues después de conocerte, así, intangible,
yo no sé quererte sin morirme.

Teresa Velasco Castillo

martes, 10 de abril de 2018

¿Es posible ser, a día de hoy, Maquiavélico?

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La cuestión sobre la que me he propuesto escribir parte del interrogante que el actual filósofo esloveno, Slavoj Žižek plantea a propósito de Hegel. No es, sin embargo, mi intención la de reanimar la filosofía de Maquiavelo, sino la de abordar el resumen de mi última lectura sin obviar la vinculación de ésta a la política actual.

La obra del Príncipe se desarrolla bajo el auge de los “Estado-Nación” y en una época de conquistas, donde Florencia, ciudad natal de Maquiavelo, veía amenazada su integridad por la ambición imperialista. Es entonces, que Maquiavelo escribe un conjunto de principios que pretenden marcar la pauta para la unificación y defensa de su territorio y que rompen con la síntesis aristotélico-cristiana del paradigma previo al renacimiento.

A simple vista, se trata de un contexto bien distinto al de nuestro tiempo, si bien, muchos de los consejos que se recogen a lo largo de El príncipe son aún aplicables en el terreno de la política y el liderazgo.

RESUMEN

Primera parte

Son 16 capítulos breves los que componen este “manual para príncipes” del siglo XVI, de los cuales una gran parte de ellos (aproximadamente la mitad) sirven a la descripción de las principales clases de principado y los modos como se adquieren.

Existen, según este autor, dos formas de principado según su origen:

- Principados hereditarios: cuando impera una misma familia durante un largo periodo
- Nuevos, dentro de los cuales hacemos distinción entre aquellos que lo son enteramente (ej. Milán-Francisco Sforza) o aquellos que se adhieren a una corona ya existente, esto es, conquistas (ej. El reino de Nápoles con respecto a España).

Maquiavelo no se extiende en los principados hereditarios, ya que encuentra éstos más fáciles de mantener que aquellos principados de carácter nuevo. La cuestión que aquí sirve de base para lo anterior es que la propia antigüedad de los gobiernos y la rutina apaga los deseos de la población que, acomodada, decide no ejercer levantamientos. Sin embargo, en los principados nuevos, la población, con la esperanza de una mejor condición de vida, “empuña las armas contra el que los gobierna”.

Es interesante, en este punto, la comparativa que Maquiavelo hace entre la nomenclatura de la medicina y la política. Los “remedios” deben aplicarse cuanto antes mejor, pues, al principio los desórdenes (la enfermedad) son de difícil diagnóstico y fácil solución, mientras que con el tiempo se convierten en problemas fáciles de reconocer, pero de muy difícil cura.
De este modo, aquel que adquiere territorios nuevos tendrá que extinguir de forma severa la dinastía del antiguo príncipe y, si quiere percibir con tiempo los desórdenes, permanecer en el territorio conquistado.
Otro consejo muy resaltado es el de adherirse a los más débiles, de manera que ,su envidia por los anteriores explotadores les lleve a apoyar las medidas del nuevo principado, eso sí, sin permitir que aumenten su influencia.
Continuando con los tipos de principado que, según este autor, puede gobernar un príncipe, Maquiavelo aconseja la destrucción como el método más eficiente contra la rebelión, nos habla de la fortuna y del término oportunidad como la mediación entre la virtud del príncipe y ésta y destaca la “fuerza propia” del líder ocmo elemento decisivo en el discurso político.
A pesar de su fe en la fortuna, Maquiavelo demuestra a lo largo de toda la obra una significación práctica en su modo de abordar cada cuestión. Sostiene, pues, los defensores de una nueva institución no deben obrar unidos ni convencidos a consecuencia del miedo a sus enemigos y, con respecto a los recursos citados, siempre será mejor si se obtienen de forma autónoma. En la actualidad, este aspecto no depende tanto de las armas, a pesar de su potencia como mercado, sino de las fuentes de energía no renovable que obligan al pacto o la intervención de determinados países y que son la causa subyacente de la mayoría de conflictos bélicos de nuestro siglo.

De los principados nuevos adquiridos mediante la fortuna y con armas ajenas Maquiavelo destaca que, frente a los nuevos estados adquiridos con esfuerzo personal, la fortuna permite alcanzar fácil el reinado, pero hace difícil su mantenimiento.

También, dentro de los nuevos principados están aquellos que, por medio de maldades se hicieron con el poder. Es el caso de Agatocles, rey de Siracusa, quien  alcanza el poder de forma cuestionable en tanto que para su mantenimiento ejerce todo tipo de crueldades. Maquiavelo explica o trata de explicar, cómo a pesar de ello se mantuvo a salvo y al frente de su imperio tanto tiempo.
En primer lugar, distinguir entre poder y gloria. La traición a los amigos, carencia de humanidad, palabra y religión, pueden llevar al poder, pero nunca a la gloria.
De otro lado, y aunque resulte paradójico, distinguir entre el buen y mal uso de la crueldad:
- Buen uso: Aquellas crueldades que se ejercen una sola vez y no se repiten más luego, a fin de servir de ejemplo para afianzar el dominio (inquisición/miedo).
- Mal uso: aquellas que van incrementándose en lugar de disminuir con el paso del tiempo.

También, y más allá de los que adquieren su poder por medio de maldades, fortunas o armas ajenas, están quienes, desde la posición ciudadana (entendiéndose esta como la de ciudadano con derecho), alcanzan el principado  a través del favor popular o de los grandes.

En todo pueblo, dice Maquiavelo, existen dos potencias. La primera, el pueblo, solo desea no ser oprimido y la segunda, los grandes, desean oprimir al pueblo para su beneficio propio. De estas dos inclinaciones se pueden dar tres resultados: libertad, libertinaje o principado.

El príncipe, debe, ante todo, ganarse el favor del pueblo por dos razones fundamentales: son más numerosos que los grandes y sus fines son más honrados (no ser oprimidos).
En caso, sin embargo, de tener al pueblo en contra, la principal consecuencia que el príncipe sufrirá es la del abandono, mientras que tener a los grandes como enemigos puede acarrear además la destrucción.
Existen, en este punto, dos posiciones que los grandes pueden adoptar conforme al príncipe: apoyarle en toda su suerte o posicionarse en contra.
Si esta posición contraria es además activa, el príncipe debe temer al grande como enemigo o amenaza y tener al pueblo de su lado será una ayuda en las adversidades.

Si la forma de acceso al poder es mediante los grandes, todavía hay posibilidad de ganarse el favor del pueblo convirtiéndose en protector del mismo, pues nada como un favor no esperado para satisfacer a la ciudadanía.

Por último, Maquiavelo hace breve mención a los principados eclesiásticos de donde lo único a destacar es las facilidades que este tipo de gobierno ofrece al príncipe ya que el fuerte arraigo de las instituciones eclesiásticas contribuye a que el príncipe gobierne sin proteger ni al pueblo, ni a los grandes.

Segunda parte

Tal como advertíamos al principio Maquiavelo rompe con la estructura del pensamiento aristotélico-cristiano al hacer un análisis del hombre desde la observación psicológica, buscando así las leyes que rigen la conducta humana y que, por ende, sirven al príncipe para el control del Estado. Así, igual que a día de hoy un mecánico debe conocer los componentes de un coche, es menester que el príncipe conozca los elementos con los que opera el Estado, esto es, las personas.

En esta segunda mitad del libro, una vez enumerados los diferentes tipos de reinados posibles, Maquiavelo trata las cualidades propias del hombre destacando aquellas que le son útiles al príncipe.

Las formas de conducta humana, se sabe, son numerosas y particulares cuando se trata de un contexto bien circunstanciado, si bien, igual que otros filósofos, aunque sin intención de establecer una teoría, Maquiavelo busca una esencia común en el hombre que permita su gobierno.

De ellas he querido destacar los capítulos que, personalmente, pienso que describen mejor la idea que todos tenemos de Maquiavelo. Me refiero, por supuesto, a la avaricia y la crueldad, dos cualidades que se defienden en El Príncipe, pero sobre las cuales cabe matizar algunos aspectos.

· Liberalidad y avaricia: No es posible la liberalidad sin avaricia, por tanto el príncipe no debe temer a ser considerado tacaño. La liberalidad, ejercida con moderación, no se trasluce, y, para ejercerse de forma visible o, para mantener el príncipe su fama de liberal, deberá ser tacaño, evitando a largo plazo su propia ruina en el empeño por ejercer tal liberalidad. Esto es, el príncipe, al pensar de modo “egoísta” conseguirá complacer, a largo plazo, a aquellos a los que no quitará nada que serán mayoría, mientras, que aquellos a quienes no de, sean una minoría. De manera contraria, al consumir sus riquezas se vería obligado a imponer excesivos tributos y con ello a ser tildado de mal gobernante.
· Crueldad y clemencia. La cuestión principal de la obra: si vale más ser amado que temido o viceversa. Si bien lo ideal sería mantener ambas cosas a la vez, su difícil simultaneidad hace que, ante el deber de renunciar a alguna de éstas, sea el amor lo que dejemos de lado. Un buen príncipe debe cuidar de mantener la crueldad justa que le permita obediencia y fidelidad entre sus súbditos y el pueblo y, ya que el hombre, por su carácter natural tiene menos consideración en ofender a quien se hace amar que a quien se hace temer, el príncipe dará ejemplo de su crueldad cuando mande combatir su ejército, por ejemplo. Pese a la defensa a ultranza de esta cualidad tildada de inmoral durante siglos, Maquiavelo aconseja abstenerse de robar las riquezas ajenas, pues el hombre, según su observación, olvida antes una muerte que un hurto. Por último destacar que no es incompatible, o al menos así defiende en su obra, ser temido con NO ser odiado.

COMENTARIO

Retomando la cuestión con que comenzamos este resumen quisiera desmentir algunas ideas preconcebidas que se dan sobre Maquiavelo. La lectura de El Príncipe, desde la consideración del paradigma que envuelve toda la obra, sirve para dar cuenta de aquellos elementos que históricamente han servido para el liderazgo, cualidades cada vez más demandadas en los diferentes ámbitos del día a día, ¿o no es la capacidad de tomar decisiones una de las habilidades blandas más buscadas por empresas? Tal vez no tenga sentido, en el siglo XXI, hablar de la expansión imperialista a nivel territorial, pero, ¿ y el neocolonialismo?,¿ y las formas, cada vez más sutiles, de colonialismo cultural?, ¿no es cierto que “la fuerza propia” nos hace menos dependientes de otras comunidades?

Si observamos algo más que la superficie de lo que entendemos por “maquiavélico” veremos que la crueldad no es la base con que el autor defiende su gobierno, si acaso, el ejemplo de ésta como “propaganda del miedo”, algo que ya venía haciendo tiempo atrás la Inquisición.

Maquiavelo no veía en el príncipe a un tirano egoísta, sino a un déspota ilustrado que defendía el bien del pueblo. “El fin justifica los medios” siempre que este fin sea la defensa del Estado, algo muy razonable para una sociedad lejos del individualismo que hoy conocemos. El consejo de Maquiavelo es que el príncipes sea audaz y decidido, con valor, talento e inteligencia, y la capacidad de tomar decisiones para hacer frente a la fortuna.

Cabe recordar, además, que la monarquía no es la forma de gobierno ideal para Maquiavelo, quien en sus Discursos sobre Livio describe la república como ejemplo de gobierno libre. El principado queda, por tanto como  un medio de enfrentar las amenazas a las que estaba entonces sometida Florencia. En tiempos de crisis y desorden un príncipe de carácter firme sirve para establecer las bases de unidad y estabilidad del pueblo, si bien, la libertad solo puede asegurarse una vez se dividen los poderes y se devuelve el voto a la ciudadanía.

En resumen, y a pesar de la falta de ética atribuida a Maquiavelo, éste deja muy claro que un príncipe debe ser temido, pero nunca despreciado y que, tener el pueblo a favor es esencial para enfrentar las adversidades de un gobierno. El príncipe, para ello, “habrá de abstenerse de ursupar las haciendas de sus súbditos” y declararse a favor de alguien y contra algún otro siendo claro en su postura.

¿Cumple algún político actual estos dos principios tan básicos? Juzguen ustedes mismos la respuesta.


Por: Teresa Velasco Castillo

lunes, 26 de marzo de 2018

La sociedad del cansancio


¿Cuántas veces, coincidiendo con la sobreabundancia de lo idéntico, no se repiten los días sin una pregunta que nos haga partícipes de nuestra propia vida?¿Cuántas historias he escrito y cuántas he dejado que sean escritas por mis manos de forma autómata y distante?
“La herida se cierra por cansancio” y, después de haber conocido ese cansancio, no de hastío, sino el agotamiento extremo de no poder poder más, me doy cuenta de la necesidad de más autores que piensen como Byung-Chul Han.

La sociedad del cansancio, que paradójicamente comencé a leer para saciar mis horas de aburrimiento con “información útil”, es un libro a recomendar para todos y, a mi juicio, de obligada lectura para las nuevas generaciones víctimas de una sociedad donde el pensamiento crítico brilla, cada vez más, por su ausencia.

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Resumen


Byung-Chul Han, en su libro, nos enfrenta dos paradigmas: uno inmunológico, correspondiente al siglo pasado y, el paradigma neurológico bajo el cual nos encontramos.

En el siglo XX, paradigma inmunológico, la sociedad se conforma en torno al otro y se sustenta sobre un lenguaje basado en el ataque y la defensa, en las enfermedades externas que se introducen a modo de enemigo en nuestro organismo. Es OTRO el que nos impone qué debemos hacer. Esta sociedad es la que Foucault comprendía como la sociedad disciplinaria, un modelo de actuación que trabaja bajo la vigilancia de un explotador externo. Es una sociedad del NO poder, basada en el DEBER impuesto por un jefe, un profesor, un padre o unos valores se exteriorizan a través de escuelas, hospitales y psiquiátricos.
El resultado extremo de esta forma de pensamiento, según el autor, degenera en locos y criminales.

Frente a ello, el paradigma neurológico parte de una sociedad extremadamente positivista, esto es, basada en el PODER  y no en el deber, donde “todo debe poderse”. Así, surge lo que el filósofo surcoreano denomina la  “sociedad del rendimiento”, sustentada en la autodisciplina, el autocontrol y la autoexplotación. El mismo sujeto es ahora trabajador y jefe, explotador y explotado. El neoliberalismo ha alcanzado su más alta expresión superando los límites de la imposición a través de una libertad paradójica donde nos creemos dueños de nuestras propias acciones, cuando se trata más bien de todo lo contrario.

Y, si anteriormente los valores de un estado se veían reflejados en escuelas y hospitales, estos pasan a un segundo plano frente al boom de bancos, gimnasios y oficinas donde proyectos y “motivación” reemplazan la negatividad de la prohibición y la obligación.

Esta sociedad genera fracasados y depresivos y significa así una regresión hacía la supervivencia animal. Vivimos permanentemente alerta, en un presente prolongado, y no nos molestamos en interrogar ese tropel de estímulos con el que cada día nos despertamos. Pensamos, pero no reflexionamos. Llenamos nuestro vacío de tareas para permanecer constantemente en la potencia del HACER, obviando la  necesidad del NO-HACER sin sentirnos culpables por ello.

De ahí que este tiempo venga caracterizado por la sobreabundancia de lo mismo. El hecho de que no exista un tiempo para “aburrirse” conlleva al rendimiento sin rendimiento que reproduce y agita lo ya existente sin nuevas aportaciones.
Nos manejamos en ese vértigo “multitarea” que, si bien nos permite realizar muchas funciones, nos impide ir más allá de la superficie en ninguna de ellas. En ningún momento llegamos a la esencia misma, a la profundización o concentración plena en aquello que hacemos.

La sociedad del positivismo procura nuevas formas de violencia, menos evidentes que en el anterior paradigma, y, por consiguiente, más dañinas. Enfermedades como el TDAH o el trastorno bipolar son consecuencia del hiper de la hiperactividad que se da en  una masificación de positividad como la que vivimos.

Han señala que “si jugásemos más y trabajásemos menos” los resultados nos sorprenderían a bien, o al menos harían más flexible el pensamiento que, encasillado en dar con lo “original” revierte continuamente en lo mismo. Su solución, en cambio, y como sucede en la mayoría de las obras de carácter filosófico, no deja de ser una utopía inalcanzable para una sociedad donde el mismo individuo se esclaviza mediante el trabajo.

Conclusión


Decía Sócrates que “una vida vivida sin reflexión no vale la pena”. Hoy la reflexión se hace urgente si queremos evitar caer víctimas de la autoexplotación y el autoengaño.
Si Byung-Chul Han nos muestra la necesidad de aprender a decir NO para salvar nuestra cara más humana, desde mi punto de vista, y queriendo ir más allá, diría que es tiempo de desaprender valores insertados para alcanzar el verdadero autoconocimiento desde el cual construir.
No sabría dar una solución concreta a una sociedad mercantilista que dibuja la felicidad como un objeto o estado de plenitud posible, cuando no entiende las emociones más básicas que rigen nuestra conducta. No podemos hablar de un estado emocional sin darnos tiempo a sentir.
Ser más autónomos  y poder brindar por los derechos individuales es el gran avance del siglo XXI, donde la ideología y el sacrificio por el bien del Estado se han suplantado por bienes y derechos individuales que, considero, son esenciales. El problema surge cuando dejamos que el ego nos fragmente, cuando identificamos la hiperactividad con la libertad. Ser libre, en esencia, es la armonía con nosotros mismos. Conocernos, aceptarnos y, realizarnos sin obviar nuestros derechos y deberes para con el entorno.

Si algo saco de este libro es que a cada solución, si no se forja ésta desde la raíz, le siguen una serie de problemas que requieren de nuevas normas. Para la continuación de un proyecto de sociedad que no incurra en los mismos errores, no se trata de mirar al pasado, sino de cómo hacerlo. ¿Dónde acaba lo accesorio y prescindible de una doctrina?, ¿dónde empieza lo sustancial e inmutable de un pensamiento?, ¿qué cabe “rescatar” de cada teoría?

El coste de la autodisciplina frente al deber impuesto del anterior paradigma, si bien nos hace libres del “otro”, nos arroja hacia la anarquía del autocontrol. No hay nadie “por encima” del individuo y ello, en lugar de llevarnos a cuestionar los valores tradicionales, nos ha conducido a su extinción más absoluta. Lo que después cada uno haga con esa “aparente libertad” es una cuestión bien distinta que abarca desde una juventud irrespetuosa con el entorno, hasta la automedicación en busca del máximo rendimiento y autocontrol.

Es innegable, en cambio, la tendencia hacia los valores del rendimiento individual y el culto a la imagen, no solo reflejada en el cuerpo, sino de la superficialidad con la que, antes señalábamos, se cumplen las funciones.

En el paradigma inmunológico, las drogas de mayor éxito servían para la evasión. En el paradigma actual cada vez cobran más importancia aquellas sustancias estimulantes que nos facilitan permanecer “despiertos” durante las horas. En ningún caso encontramos un modelo satisfactorio de articular nuestra forma de vivir.

Se hace evidente la aplicación de nuevas soluciones a los nuevos problemas que se plantean principalmente desde la formación y que va más allá de los conocimientos curriculares. La inmediatez y la digitalización nos plantean nuevas estructuras educativas que contemplen los riesgos y ventajas que suponen, por ejemplo, los videojuegos online.

En resumen, Byung-Chul Han nos recuerda que en tiempos de acción permanente es necesario volver a aprender a mirar nuestro entorno, limitar los impulsos desde el autoconocimiento y, sobre todo, no dejar nunca de interrogar (e interrogarnos) en busca de soluciones que realmente casen con los problemas de esta sociedad del cansancio.



Por: Teresa Velasco Castillo

miércoles, 7 de febrero de 2018

EPOJÉ

Retomamos la prosa con este relato corto acerca de cómo actuamos (o no) cuando la realidad nos supera. 

Gérard estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas y la cabeza inclinada hacia el pasillo. A su derecha, los dueños de la tetería iban y venían cargados de bandejas.
Exhaló el aire lentamente. No le agradaba fingir, pero en esta ocasión no pudo eludir el compromiso. Sus cuatro amigos, sentados en semicírculo, charlaban despreocupados sobre las parcelas cotidianas de la vida.
-         ¿Y tu hermana cómo lleva lo de Lilian?- la voz de Nadia, aguda y de tono elevado, resonó en el solemne espacio de aquel local recientemente reformado.
En su mano derecha sostenía una taza de Chai Latte. Desplazó la mirada a Laura, que respondió con una media sonrisa forzada.
-         Ya sabes cómo son estas cosas. Llevan su tiempo.
Frente a Laura, con más de ochenta mantras tras él y mirando a su mujer con sobria reverencia, se encontraba Samuel. Su oficio de comerciante le obligaba a ausentarse regularmente en casa y, de un tiempo a esa parte, su matrimonio había comenzado a desgastarse.
Lambert, en cambio, atravesaba un excelente momento en su relación con Nadia. En el trabajo no podía decir lo mismo, pero su devoción por las matemáticas le mantenían activo en sus clases como profesor sustituto en bachiller.
-         Por cierto, Gérard, ¿qué fue de la chica aquella...?, ¿Sylvie?
Gérard no soportaba hablar de su vida personal. Tenía vocación de ermitaño y nunca llegó a amoldarse a los cánones que la sociedad imponía a su edad. En las raras excepciones en que salía, utilizaba su particular carisma para conquistar a alguna chica, pero enseguida se cansaba y volvía a su soledad.
Antes de que le diese tiempo a responder, su amigo Samuel se inclinó hacia él tratando de agarrarlo del brazo. La mano rígida se detuvo a mitad de camino. Intentó hablar, pero solo pudo emitir una especie de grito ahogado. Su rostro se volvió de un rojo enfermizo y comenzó a escupir un borboteo espumoso. Toda la sangre parecía agolparse en las venas de su cuello. Entonces, en medio de la habitación, Samuel se desplomó sin vida, mientras todos permanecían inmóviles contagiados por el miedo.

...

El policía, sin desviar la mirada de su libreta, observó con el rabillo del ojo a Gérard. Éste se acercó a la escena del crimen para observar mejor. Tenía sus propias ideas sobre aquel crimen y dudaba del modo de proceder de las autoridades en este tipo de situaciones.
-         ¿y qué relación dice que tenía usted con el fallecido?- la voz del agente se alzaba profunda y pasiva en la sala.
-         Era mi marido-contestó Laura, aún en estado de shock.
El inspector agente acarició distraídamente los rizos de su cuaderno. Sin levantar la cabeza, recorrió la tetería con la mirada y volvió a reunirse con el resto de su equipo.
Gérard, entretanto, seguía absorto en su pensamiento. << Ha tenido que ser alguno de nosotros. Nadie más sabía de nuestra reunión>>,  se repetía constantemente.

Unas semanas después, la policía decidió dar por zanjado el asunto atribuyendo la causa a una muerte súbita por enfermedad congénita no identificada.

-         ¿Cómo que enfermedad congénita?-Samuel nunca tuvo problemas de salud. Ni siquiera sacaba colesterol en sus análisis.- Repetía Laura en un pensamiento a voz alzada.
El sol había ascendido en el cielo y las nubes se habían disipado dando pié a una agradable temperatura. Los cuatro amigos, sentados frente al parque, pasaban las horas ausentes, con los ojos fijados entre la fina línea que distinguía el cielo del mar de Málaga. De vez en cuando, una pregunta interrumpía el silencio. Un suspiro. Un murmullo. Algún ruido procurado del interior de las entrañas. Nunca una respuesta.
-         Yo también bebí de su taza, quizá la policía tenga razón y fue una reacción alérgica o algo, ¿no?- titubeó Lambert en una de esas preguntas.
Nadia permanecía callada, mientras agarraba la mano de Lambert. No obstante, a pesar de no mostrarse muy habladora, Gérard pudo percibir algo en sus silencios y en el modo de mirarlo de reojo.
Tenía una premonición, pero, ¿qué motivos podía tener Nadia, la más alejada de los cuatro?, quizá por eso, con más razón. Quizá Laura no podía soportar más su situación y en un déficit de valentía prefirió envenenar a su compañero de vida. Tal vez hubiera sido Lambert, empujado por su frustración laboral.
De vuelta a casa, Gérard repasó los sucesos del día. Aquella expresión en el rostro de Nadia le dejó confuso. No creía que fuese la culpable, pero ocultaba algo. Esa misma noche, antes de caer dormido, se hizo la promesa de llamarla en cuanto despertase.

                                                                                 ...


En la puerta del Asakusa aguardaba Nadia ataviada con su gabardina beige de entretiempo. Gérard pensó que estaba guapísima, pero enseguida se limitó a su cometido en busca de respuestas.
La entrada del restaurante permanecía vacía. Ascendieron por las escaleras y cogieron mesa junto a la ventana.
-         ¿y Lambert?, ¿qué le has dicho?
-         Ah, Lambert está hoy ocupado con reuniones de trabajo. Cuando me levanté ya se había marchado. Volverá a la noche.
Lo envolvió con su mirada penetrante y Gérard sintió una extraña vergüenza, como si hubiese quedado expuesto y sin ropa a los ojos de Nadia. Ella se limitó a sonreír con expresión triste y a colocar los palillos entre sus dedos índice y corazón.
No hablaron mucho, pero el solo acto de compartir esa comida creó una atmósfera de complicidad que sobrepasaba los límites de una mera relación entre amigos.
A la salida, Gérard se ofreció a conducir, pero Nadia insistió en volverse sola. Se despidieron con un beso cálido en la comisura de los labios. Ninguno se atrevió a dar el paso, pero ambos sabían que tarde o temprano se dejarían sucumbir por el magnetismo irresistible que entre ellos había.

Casi había olvidado el desagradable suceso de la semana anterior en la tetería, cuando al cerrar la puerta de su piso Nadia   encontró una nota junto a la mirilla:

Querida Nadia, soy yo, Lambert, tu esposo. Te escribo para decirte que no volveré. Que te he querido y te quiero, pero no como debería y ya no puedo esconderme más. Estoy enamorado de Samuel. No dejo de pensar en que quizá, si hubiese sido sincero desde el primer momento, ahora estaríamos juntos. Quién sabe. No te pido que me perdones después de esto, pero no puedo seguir como si nada hubiera pasado. Lo siento. El tiempo lo curará todo. Sinceramente, Lambert. 


Con apuro, Nadia descolgó el teléfono para llamar a su mejor amiga. Un tono, dos, tres... nadie respondía al otro lado de la línea. Decidió salir. Volvió a coger el abrigo del ropero y cerró la puerta con lo puesto.
La parada del autobús estaba desierta. Faltaban más de veinte minutos y el tráfico no favorecía la situación, así que echó a andar apresurando su marcha hasta levar los pies del suelo y correr. El camino unía grupos de edificios destinados a vivienda, una escuela y un par de hoteles para extranjeros con alto poder adquisitivo.
Atravesó el cruce y continuó por el paseo marítimo Antonio Machado hasta el Burguer King. Allí dobló la esquina y siguió unos metros hasta dar con el piso de Laura. El portal estaba abierto. Tomó el ascensor y, una vez delante de su número, golpeó enérgicamente la puerta sin obtener respuesta alguna.
Se detuvo unos segundos. Pensó en llamar a Gérard, pero acto seguido descartó la idea. Los pensamientos se aturrullaban generando un tropel de dudas en su mente.
...

Estaba prácticamente decidida a volver cuando se vio detenida por el ruido ensordecedor de un disparo. Su origen provenía del interior de la casa de Laura. Nadia corrió escalera abajo haciendo caso omiso de la puerta que se abría tras ella. No había alcanzado al segundo, cuando se cruzó con Gérard, que subía agitadamente.
-         Ha sido Lambert, tenemos que darnos prisa.- decía mientras agarraba su mano.
-         Demasiado tarde- dijo Lambert doblando la esquina a la vez que sostenía un revolver colt en su mano izquierda.
-         Pero... ¿por qué?, tú no eres así-murmuró Nadia con ojos llorosos
-         Lambert, escucha, estamos todos muy nerviosos, baja el arma
-         Y vosotros... ¿qué demonios sabéis?, ¿quién te da permiso para decir si soy o no así? No tenéis ni idea de por lo que he pasado. ¿Tu sabes lo que es tener que matar a la persona que amas, para no perder tu vida? A tomar por culo todo... Nadia, Laura, tú, Gérard...
Lambert cerró los ojos y apretó el gatillo. Su expresión palideció al momento. Todo su cuerpo se desplomó como un amasijo de huesos contra el ascensor. Por su sien corría la sangre color púrpura y enseguida se formó un charco.
Nadia no pudo contener el espanto. Entonces, aferrada a los brazos de Gérard, se negó a si misma aquel engaño al que había estado sometida toda una vida y salió sin más por la puerta. 


Por: Teresa Velasco Castillo









martes, 26 de diciembre de 2017

PIDO PERDÓN

Pido disculpas si  no fui lo que esperabais. Si la búsqueda del cuerpo conforme al camino de la eternidad, no es más que el cuerpo mismo. Sí. La vida a veces es banal o así de tonta la concibo, y lo siento si hice ver que tenía la respuesta.

La erudición como retórica amable, discúlpenme, no es más que pedantería y, si de paso me sirven mis destrezas, eso que gano en la cama o en la cartera.

Sepan que el ejercicio de las letras se hará patente mucho más tarde que el de las piernas y hagan sus propios cálculos si creen que es tarde para invertir en libros. Los gimnasios no implican, sin embargo la ignorancia. Me van a tener que disculpar que los defienda, pues me declaro fan absoluta de esa forma de establecer metas a partir de cifras.

Y pido perdón, porque no soy poeta, ni maldita. Porque el arte cuando muere, hasta se ahonda, y yo ahora mismo, lo siento, estoy más con los vivos que en quehaceres literarios enfocados a la muerte.

No fumo “pensativos cigarros”, tan solo observo fumar a ese hombre, que nunca logro conservar más de una noche. Y no bebo de ese whisky en el que flotan tantas historias que morirán con sus borrachos. No seré yo quien las escriba, pues prefiero seguir narrando mi propia historia en vivencias.

Me aburre la “intertextualidad”, el discurso explicativo con propósito estético. Se aburren hasta mis ojos del sexo y alcanzan el olvido antes de tiempo. En fin, esos momentos de exaltación sensorial son lo más cercano que siento hacia la vida. Son banales, pero no más que las noticias que deberían configurar mi discurso.

Tampoco me reconozco ya en la lectura. Al fin y al cabo, cuando uno ha vivido, busca esa vida también en los libros, cosa que rara vez yo encuentro. No sé ustedes, pero cuando yo despliego las páginas de cualquier publicación espero que me llenen tanto como la agonía del ácido láctico subiendo por mis piernas. Y poco puede compararse a esa sensación de adrenalina que produce el café en exceso o al calor perverso de unas manos agarrándote el trasero.

Algo tendrá la demagogia cuando los gobiernos populistas se perpetúan. Algo tendrán los argumentos infundados de la religión, cuando siguen sumando adeptos. Y digo con esto, que no creo que sea tan grave protestar por el Gobierno sin un análisis geopolítico, morfosintáctico, literario y científico que respalde mi opinión. Total, al final quedará descatalogada en algún lugar de alguna memoria de alguien cuyo nombre no recordaré.

Pido perdón, sobre todo a mi familia, porque sé que esperaban una buena chica y al final voy a ser tan mala como el resto. O peor. Al final va a suceder que hasta el Facebook lo actualizo y, quien sabe, si algún día cometeré faltas de ortografía o escribiré a partir de jaculatorias seudopoéticas frases del tipo “hoy es un buen día, para que sea un buen día”.

Pido perdón y despido así el año con la conciencia tranquila. Ni tan arrepentida, ni encantada como diría Sabina. Sencillamente feliz y agradecida de tener una familia que no he merecido, merezco ni creo que llegue a merecer.



Teresa Velasco Castillo





jueves, 26 de octubre de 2017

¿Y tú por qué empezaste a correr?

Todos hemos tenido una primera vez. Un primer día de colegio, un primer apellido, un primer compañero de equipo, una primera puesta en escena o una primera borrachera. Todos, incluso los menos lanzados, han tenido primeras experiencias en campos tan amplios como la población de esta gran ciudad que es nuestro planeta azul.

Los integrantes de ASICSFrontRunnerSpain team comparten, en este caso, su “primera vez” a través de las redes y en sus perfiles oficiales en la web, muchos de los cuales me han hecho sentir identificada y lanzarme hoy a contar mi experiencia en el mundo Runner.

Para empezar, cuando yo corría, el running como tal no existía. Estaba el Nerja, la escuela de atletismo por antonomasia en Málaga, y unos cuantos grupos de veteranos que se reunían para entrenar bajo la forma jurídica de club.
Yo tendría unos 8 años y un alma falta de nutrientes simples que ampliasen la perspectiva sobre mi ser más allá de lo que dijesen los compañeros de escuela. Por supuesto, ni por asomo sospechaba de mis necesidades, ni mucho menos conocía las posibilidades que podía ofrecerme este deporte, pero como todos los niños/as empecé imitando y, a día de hoy, no he encontrado aún mejor referente que mi padre.

Todavía recuerdo aquella tarde de octubre con la que inicié mi andadura por este mundo fuera de los test y eventos asignados a la educación física en colegios. Le pedí que me llevase con él y fuimos hasta el famoso tranvía, con paso torpe, comentando lo “polvorillas” que eran los niños de la clase y como, con esfuerzo y tiempo, llegaría a ganarles algún día. 
Y así fueron pasando las semanas y con perseverancia llegué a mi primera gran carrera popular en la barriada del Palo, donde algunos de esos compañeros participaban.

No dormí la noche anterior. Tampoco  pude desayunar. Todo lo que hoy me resulta minúsculo era entonces tan inmenso que parecía que el tiempo no pudiera guardarlo. 
Edición de 2007, con 13 años. 

Cuando el organizador, después de un largo discurso, soltó aquel disparo de plomo, eché a correr con mis dudas a cuesta y, tan solo con doblar la esquina, éstas se habían ya disipado. Me hice con un tercer puesto. Suficiente para que cada año siga participando en una prueba que se ha transformado casi en un evento familiar.

Suficiente para  engancharme hasta los huesos de un deporte que me ha dado y me ha quitado todo: amigos, salud, felicidad, miedos, momentos únicos, pero, sobre todo, primeras veces.

Dieciséis años después la pregunta “¿Qué tendrá el running que nos hace adictos?” sigue siendo un misterio, para mi sin respuesta. Diría que es el nutriente esencial que mi YO necesita, pero ya se sabe que los estudios nutricionales cambian cada día. Así que si sabes algo, no dudes en dejar un comentario.


Teresa Velasco Castillo


lunes, 23 de octubre de 2017

Carrera Urbana de Málaga 2017: mucho más que una prueba multitudinaria.

Se engrosen o no las cifras, es evidente que la pasión por el “running” ha ido increscendo en los últimos años y, en su 39 edición por las calles más céntricas de Málaga, la carrera del Corte Inglés reunió ayer a cerca de 20.000 corredores de todas las edades.

Ahora bien, calzar las deportivas un día al año no te hace corredor, ni mucho menos atleta, igual que escribir un libro no significa ser escritor, ¿o sí? ¿qué requisitos cumple un corredor para ser considerado como tal en su esencia? ¿existe un manual relativo que recoja los pasos a seguir para convertirse en atleta?

Es probable, pero la respuesta es más simple que todo eso. Se trata de algo contundente, una idea comparable al texto de Rilke con el que despejaba mis dudas camino de otro lunes, mientras leía la reflexión de Daniel Moscugat acerca de ser o no ser poeta:

<< Entre en sí mismo. Investigue el fundamento de lo que usted llama escribir, compruebe si está enraizado en lo más profundo de su corazón; confiésese a sí mismo si se moriría irremisiblemente en el caso de que se le impidiera escribir.>>

En otras palabras, si usted muere un poco cada vez que no corre, entonces, tenga por seguro que es un atleta. Si alguna vez, de reojo, ha mirado con miedo su talón dolorido. Si con cada zancada siente que disipa sus fantasmas. Si el reloj es su refugio y su enemigo. Entonces, amigo, está perdido, porque no hay intervalos ni avisos de la boca al corazón y viceversa.

Confieso, más para mi que para el resto, mis ansias de “eterno limitado” y alabo las formas numéricas del desorden de los pasos. La corriente del tiempo, cuando corres, se estrecha más hacia el minuto presente y usted lo sabe, amigo, si hubo un momento en que dijo “quiero ser atleta” o lo que es más grave “quiero acabar un maratón”.

Así se fue tejiendo un sentimiento inefable que sostiene estas dos piernas que cruzan un año más la meta. Una prueba como un vaso de agua dulce, que fue mi reto, mi maratón y mi horizonte más virgen.

Una carrera popular que junta los grandes vidrios de la solidaridad y la superación. Porque hoy somos 20.000 los que pisamos fuerte sobre el vientre de las calles para hacer sonar nuestro himno de compás improvisado. Somos un tiro en el alma de las banderas que no nos representan, frente a la mar de mi tierra otro octubre de verano.

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Teresa Velasco Castillo

viernes, 20 de octubre de 2017

Aprendiendo a ser feliz

Martin Seligman, profesor de psicología en la Universidad de Pennsylvania en EEUU, es a día de hoy noticia debido a la dura labor que ha realizado en torno a investigaciones sobre la depresión y que le han permitido situarse como uno de los mayores impulsores de la denominada Psicología Positiva.

Recientemente, ha sido entrevistado por Eduard Punset en el programa “Redes” donde para la emoción positiva propone una serie de ejercicios que hoy quisiera poner en práctica.

Concretamente, en el segundo ejercicio, nos pide pensar en alguien importante a quien nunca hemos agradecido lo suficiente su atención y, a continuación, propone un escrito de 300 palabras en que demos las gracias a esa persona por formar parte de nuestras vidas.  Pues bien, ahí va mi agradecimiento a la persona que me ha dado la vida y me la da cada día:

Enfocar las decisiones en el futuro ha marcado mi vida. Estudiar para un mejor trabajo, para un peldaño más en la pirámide de Maslow, para Dios sabe qué, una vez aseguradas las necesidades más básicas. Las consecuencias siempre, SIEMPRE, han recaído sobre mi madre.

Mi frustración, mi insatisfacción en las relaciones personales, mi enfermedad y mi cura, mis logros y todo su peligro... esa manía de estar en constante tensión con el entorno y rentabilizar cada decisión hasta su límite.

Y bien, todo eso materializado en el imposible de la pretendida separación entre la vida personal y el ambiente laboral que al final estalla sobre la mesa de la cocina en forma de “no me hables” porque desato el caos.

Pero mi madre no es una persona de palabras. Ella está hecha de silencios cuidadosamente estudiados y medidos que suplen las palabras muertas sobre la comisura de sus labios. Ella dice con sus ojos “te estás equivocando” o “estoy contigo cuando estés preparada para estar con alguien”. Ella te mira y te embarga cualquier deseo de romper con esa corriente de fuerza migratoria. Entonces, el pájaro de mi pecho se espanta y el árbol sigue dando sus frutos sin que nadie de las gracias al espantapájaros que es mi madre.

Hay mucho de filantrópico en su tarea. Se trata de pagar con la moneda del tiempo y esperar a cambio el milagro de que sea el otro quien alcance el éxito. Delegar la felicidad sin saber que a algunos nos viene grande.

A veces quiero preguntarle cosas y cuando llego no siento mi voz más allá de ese pensamiento esclavo. Entonces ella adivina lo que invento, y yo sigo inventando por ella y por la felicidad que un día delegaré en la persona adecuada.

Quiero agradecer personalmente cada céntimo en gasolina y sudor por recogerme y llevarme a los sitios que me tocó vivir. Como el común de los mortales, yo soy esa gente que corre porque, ya lo decía Gloria Fuertes, “no sabe dónde va”.

Quiero agradecer personalmente cada abrazo al borde de la envidia, al borde del éxito, al borde del suicidio, al borde de la cama antes del borde del sueño.

Siempre estaré orgullosa de mi herencia: la educación. Educación en la escuela, en valores y en refranes que han hecho que hoy pueda conocer a mi bisabuela a través del cauce oral de sabiduría que supone el boca-oreja. “Algo tendrá el peine, cuando no peina”, “ a quien madruga, Dios le ayuda”, “meterse en camisa de once varas”, “a caballo regalado no le mires el diente”, “a buen entendedor, pocas palabras”,  “ el que la lleva la entiende” o “estar a las duras y a las maduras” como bien ha estado mi familia conmigo.

Me siento orgullosa, Dios sabe hasta dónde, cuando alguien dice que nos parecemos. Está claro: “quien a los suyos parece, honra merece” y a mi me encanta la nariz de mi padre o esos ojos, que aunque marrones, conservan la apertura característica de la rama Castillo. Me gusta tomar el sol “como los lagartos” porque a mi abuelo le llamaban “el lagartijo” y sé que poseo el “don” de los Velasco para quedarme dormida en cualquier momento y circunstancia.

Así que agradezco ser quien soy y siento no poder hacer más por conservar valores que de antaño constituyen al hombre justo que encarna mi madre: templanza, honradez, conocimiento y altruismo.

En resumen gracias por ser mi profesor, conductor, guía, cocinero, nutricionista, asesor, médico, técnico, amigo, compañero y toda esa larga lista de profesiones que se recogen en la sola profesión de ser madre. Gracias.


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lunes, 16 de octubre de 2017

La generación perdida

“Para café, café, cómprese una cafetera.” Algunos recordarán aquel eslogan que, queriendo vender café, acabó por convertirse en la realidad de nuestros días. Si queremos “cine, cine” tendremos que hacer nuestra propia videoteca y si se trata de buenos documentales, “despedida y cierre” es lo mejor que vamos a encontrar en los medios.

Este 18 de octubre se cumple un mes desde que en mi familia nos suscribimos a Netflix y, sin desdeñar los servicios que la compañía ofrece, ésta deja mucho que desear en cuanto a oferta documental se refiere.  El gusto por buenos contenidos, parece, quedó enterrado junto a la generación perdida, y no me refiero a Fitzgerald o Hemingway, sino a gente común que marcó una tendencia basada en los buenos modales y el trabajo. Todo ello sin acceso a la educación, los libros, las redes o el conocimiento que hoy están al alcance de un niño/a.

Hablo de aquellos que llevan las condecoraciones debajo de la camisa y el dolor en el alma, pero fuera, fuera siempre  saludaban con un  “buenos días”. Hablo de los que no conocían más fórmula para las matemáticas que el trabajo, de los que preguntaban por los demás antes que por ellos. Hablo de los que van al cielo cerrando uno de los capítulos más tristes de este país.

Hombres y mujeres que nunca habrían imaginado incendios como el de hoy en Galicia porque respetaban la madre tierra por encima de todo y sin rencores. Nadie les pedía sensibilidad, les era innata, ¿debería serlo?
Desde luego, no es la mejor circunstancia la de ser honesto por los empedrados de nuestra sociedad.  Interesa más bien distraer la vista a propósito y permanecer con los ojos emborronados por películas Blockbuster  de las que fácilmente vemos en Netflix.

Con ello no reprocho a mis coetáneos entre los que se encuentra la generación “ni-ni”, pero también la generación más formada y abierta al mercado internacional que nunca hemos tenido en España.

No todo es éxodo y llanto, como decía Manuel Alcántara esta mañana en su columna. Así que yo, como él, también creo que hay motivos para brindar y hoy quisiera hacerlo por una generación que muere desde el silencio en una humanidad ensordecida por el ego.  


Teresa Velasco Castillo