Me cuesta mucho dar voz a eso que siento cuando pienso en alguien que ya no está. Todavía, y ya de bien mayor, siento un "temblor de tierra" cuando veo flores y sé que son para llevar al cementerio. Pero se lo debía, e igual que se fue en un final hostil de invierno, cumplía años a finales de agosto mi abuela. No sé si quedaran las palabras o también el tiempo eso se lleva. Para mi por lo menos será eterna.
Tiene la mirada quieta y la risa tostada
al sol de las cuatro estaciones muerde
su silencio a la luna, y aunque su carne
sea barro removido de ausencia,
yo la tengo en mi pecho atravesada.
Hay mucha distancia de un lugar
al otro de su cuerpo, por ejemplo,
de su sien a su pupila cien semillas
de amor, sembrado como un árbol,
del tronco agitado en sus rodillas,
me duelen como espigas sus abrazos.
Yo la siento sin tiempo y sin distancia
como un plomo en el ala derretido,
como quien la lluvia en los cristales oyera,
pienso en ella y es eterno este pasillo.
Ya no escucho sus ojos en silencio, el eco
de su mirar tan quieto, pero la siento
y más cerca y apretada y el corazón más suelto.
Tiene en el dorso de la mano un latir
unísono de abanicos entreabiertos.
Tiene su casa abierta al cierzo y al verano
y un patio de granito en que comparte
la infancia que otros le negaron.
Se rompieron los pulsos que sostenían el poema,
la memoria ciega en las horas que no vivo,
y me arrepiento y te digo que estoy seca,
de llorar los versos que jamás te escribo.
Tiene esa mirada quieta y un olor a jazmines
disuelto en la sombra de su piel blanca.
Se fue por febrero dejando la poesía
desahuciada de versos con que regar los jardines.
