Dice la canción que "cada boca tiene un sabor" y el del tabaco es especialmente desagradable para besar. Pero incluso así, en los labios adecuados, puede construirse un buen poema a partir del humo.
Al latido de la semilla penetrando la blanca tierra,
al grito de la guitarra rota del instinto,
a la luz que escupe el umbral de lo distinto,
inasible por el tiempo, prisionero de ti, por dentro.
Sabía a muros de cal, estrella distante de ceniza.
Brillaba de insomnio que se hiela en los dientes.
Era el trazado de líneas que dibujan los pájaros con tiza
cuando juegan en el cielo de lo que uno siente.
Era el sabor de la yerba edificada en el deseo,
una colección de llaves de metal sin casa,
amargo como la espiga de trigo en el recreo,
saben los labios contigo a noche
de luz escasa.
Desastrado como el delgado
silencio del alba
que me quita la ropa, que me
desnuda,
que me enseña a bajar la voz
alrededor de la garganta
y a tropezar con el corazón sobre
los ecos.
En la arena dorada que en los
dedos se esfuma,
golpeaba la luna, yo y el viento
Y saben a mar de alquitrán los
besos
que se dan cuando se fuma y se ama
al mismo tiempo.
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