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La vida es irónica:
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sábado, 3 de diciembre de 2016

El ministerio de la noche


Noche de lluvia y poesía ¿se puede pedir más?


La noche aún no aparece en su gloria arquitectónica,
hallazgos numismáticos y epigráficos del astro celeste.
La noche se afirma en la laguna bibliográfica y agreste
del que quiso sublimar su instinto desde el relámpago
veloz de la idea

Es un fenómeno común y extraño, madre y maestra.
Bitácora de brújula sin destino
que a todas circunstancias conduce.
Ligera y salvaje como la marea espumosa
que ha robado la luz de las estrellas medievales.

Y tiene algo de andaluz, un origen califal, un acento nebuloso,
un lienzo y contrafuerte de alargadas verdugadas de ladrillos
y sillares. Sin duda más prolífica en calidad que el día
y más profunda y rencorosa que la luz de las grandes auroras.

La noche se repite en diferentes zonas:
Con distinta inclinación, la luna es la única inscripción que aparece.
La espero para que el miedo se apodere de mis manos
y escriban con los grandes sueños que solo la muerte anuncia.

Ahora sus marcas son muy finas, apenas visibles y esquemáticas,
pero sé que si la espero, calzará las calles mientras los aprendices
de manos de maestros y oficiales se mojan con la lluvia

y se forjan en las fraguas de su oscuro ministerio.


Teresa Velasco Castillo

viernes, 2 de diciembre de 2016

Contusiones

No hay azar en las contusiones en torno al yo simbólico de mi texto. Si a pesar de mi empeño por ser metáfora y no símbolo precario del poema, mis palabras se quedan en lo estético, hipócritamente expuesto como objeto de arte, no habré cumplido mi fin.
No se trata de ofrecer pomada a la escara fatal que recoge los ensayos de mi corazón, ni de señalar La puerta del infierno que me acoge los días de lluvia. Por doquier hemos visto, que los golpes intensos se escriben con permanente en los pergaminos del alma.
Es probable, por tanto, que tenga más años de los que ustedes se piensan, y que las imágenes relativas a la luz de mis párrafos distingan el final del ciclo de Sol del verano. Queda un invierno largo y lleno de incertidumbre, no necesariamente frío, solo resquebrajado en verificación de impotencia de no saber qué hacer para tenerte cerca.
Y he aquí el motivo de mi fatal desencuentro con el diccionario. Luce el astro siniestro con desprendimiento de sueños prematuros, heridas contusas de borde irregular y vísceras del día después. Tres síntomas se localizan al margen de los órganos lesionados:
  •           Sigues ignorando lo que mi declaración suicidada ejerce sobre el desorden de tu vida resuelta. La “divina pelea” que decía Pemán va camino de resolverse en la indiferencia depresiva, en el umbral de la decepción, en la hemorragia babeante y obscura de un atardecer en otoño.
  •           Factor individual de sensibilidad que no he dejado de intentar advertir con mi desacertado uso de la diéresis, sinéresis y pausa interna de los miembros afectados por tu descuidado encanto.
  •           Velocidad de producción de la herida relativa a la admiración que te siento aunque suene fanático.

A día de hoy, las células dañadas producen la fibrina de mis versos y siento escalofríos por no añadir más correcciones a mi intención única de sentar cabeza. Mis arrebatos han coagulado para proteger el original Volupté por el que sigue valiendo la pena esperar a la noche del sábado y aunque no te deguste sin intermediarios, lo hago en otros labios mediante mis propias técnicas de recodificación y delectación de excesos silábicos.

Estoy aprendiendo que esta forma de enloquecimiento sin ilusión es la mejor forma de vivir y dejarse morir lentamente. La realidad no son sino sublimaciones de todo lo anterior anexo al dolor con que Dios pone el precio de su paraíso terrenal. 



Teresa Velasco Castillo

jueves, 17 de noviembre de 2016

¿Qué tipo de empresa es mi amor?


¿Quién dijo que mezclar ideas no servía para estudiar? Llevando la contraria, esta noche, en a penas media hora, he "parido" un poema con forma jurídica indeterminada, pero una consolidada idea de amar por amor al arte de amar. 


Mi amor no tiene forma jurídica ni barreras de entrada.
A veces pide limosna a sociedades anónimas con la mira
de reinvertir en su empresa de limpieza de la vida.
Mi amor está en desuso por responsabilidad ilimitada.

El capital está dividido en versos, aunque a veces,
se da a la prosa y sus párrafos hacen párpado oscuro
tus ojos alícuotas de sueños, río de peces de ciudad,
verano puro de vida que pregona las sombras de mi pelo.

Toda su tierra tributa a la hacienda de los pobres,
sobre impuestos de renta para deseos impresos.
Se revisan las cuentas de tarde en tarde, por las puertas
pidiendo besos para presos políticos sin sobres.

Mi amor no tiene escrituras, es la escritura en sí.
Sus órganos de gobierno son los cinco grandes dioses
que en el hombre reinan:
La vista limitada en cada vena que porta su sangre,
El tacto sin prisa ni deseos de la punta de tus dedos en mi costado.
El oído late despacio, progresivamente tanteando la compraventa
Del negocio a un tercero.
La inflación de las estrellas, el vaivén de los vientos a mi olfato,
Y ese gusto por repetirte en mi régimen societario.

Teresa Velasco Castillo





jueves, 10 de noviembre de 2016

Frente de toro

El malditismo paródico  y tardío de Trump ha sabido aprovechar la oportunidad para insertarse en la coyuntura de la reproducción mediática sin mediación, de un espectáculo que vacila entre el pecado de ayer y la tristeza de hoy.

Es lo que se llama sociedad del espectáculo, caracterizada por su cualidad sensorial, abarcante y de inmersión, así como por facilitar el sedentarismo ya no solo a nivel físico, sino a nivel psíquico, intelectual y emocional. Un cúmulo de circunstancias demográficas que descansan sobre la cama del sensacionalismo y la política del populismo nauseabundo.

¿Quieren análisis?, ¿quieren conocer la prospección futura de sus decisiones? Lean. No dejen que el capital transforme la realidad en tragicomedia barata y sabrán ubicar con precisión la radical inutilidad de todo en todas las esferas de una sociedad siempre al borde del colapso.
Dejen de dar las cosas por sentadas, como si éstas no tuvieran un referente. Dejen de asentir ante el sujeto omitido y completen su análisis sintáctico saliendo a la calle. Dejen que el tiempo haga su trabajo y no le culpen por sus cicatrices: usted se provocó la úlcera, no los años. El tiempo no borra las formas, ni avanza más deprisa que hace un siglo ¿o va a tener Internet la culpa de que usted vote al más “simpático” de los candidatos?

Es lo que en su día ilustra el propio Baudelaire con una anécdota; una prostituta, de las que cobran cinco francos, le acompañó al museo del Louvre, pero delante de las estatuas desnudas, se tapaba los ojos escandalizándose con rubor. Al final, incluso, hubo un tal Steinkerke que  se dedicó a cubrir las desnudeces con hojas de parra. Nosotros lo hacemos ahora con eufemismos y planos contrapicados.
Ha cundido, como el pánico, la estupidez del momento. El arte de provocación Trumpiano logra su efectividad porque enfrenta con hipérbole misógina a la sociedad rural contra los condados que albergan las tres grandes universidades estadounidenses.

Que cada uno asuma la culpa de su voto y su silencio y dejen de poner hojas de parra a los errores cometidos y de soñar con lo siempre imaginario: despertar será más agonizante aún si se revisa la “realidad” anhelada. Ya lo decía Arthur Gordon Pym, el héroe de Poe, el fin de todo no es un momento doloroso que hay que sufrir, sino un estado permanente, al menos hasta las próximas elecciones.  



Teresa Velasco Castillo

domingo, 30 de octubre de 2016

El Buen Pecado


La idea surgió hace poco, charlando con una persona (cuyo nombre no desvelaré, lo siento por los curiosos) que coincide conmigo en que no sé pecar. Lo hago, como todo el mundo, pero mal. Así que recordé el Libro de Buen Amor de Arcipreste de Hita y pensé que igual también existe o debería existir el Libro de Buen Pecado. Como resultado, el poema que sigue: 



El buen pecado es español, y, más aún, castellano,
elegante y señor, destrabado, ágil e inflamado
del triste ruido tomando asiento en la garganta,
un intenso mosaico  vigorizado de batallas y cuentos.

El buen pecador nunca se llega a conocer,
si acaso presta su cara parcial de tahúr
al retrato de esa sociedad picaresca e inmoral,
cuya erótica parodia los romances vulgares del beato.

Eros fue la clave ojival después de Wilhelm Reich,
Vietnam una excusa para la reconquista del opio.
El dinero es un insulto para la economía de pasiones
que recuerda al poeta la necesidad de comer  sopa.

Así, los biógrafos nos sacan a la luz con toda la miseria
y ligeras variantes de reproducción realista y frívola.
Una herencia deficiente de juegos florales que etiqueta
cualquier sonrisa de inquietud por arrancarnos la ropa.

Para ultimar el aquelarre psíquico de personajes,
El psicólogo nos viene a convencer de cuan crueldad,
Insensible, mediocre, bacanal y abstracta arrastra nuestro
Equipaje de larga tradición corrompida, de pecho  jadeante,
Virgen de los Siete Puñales, amor hacia la madre deriva.

El buen pecado es español, y más aún, castellano.
Es hermético y no deja huellas. No pide cuentas
esotéricas al cantautor que se emborracha de estrellas,

porque al final las canciones más bellas, son fruto del pecado.



Teresa Velasco Castillo

sábado, 22 de octubre de 2016

Tal vez poeta


Desde esta misma mañana tenía ya un poema atravesado. Hasta ahora no me he sentado a escribirlo y en ello he tardado poco, porque lo difícil es pensar el dibujo, no hacerlo. Aquí está el resultado de lo que no soy: 


Yo soy esa pendiente de la que todos resbalan,
los excesos de la mente, el poema censurado.
A veces soy el cielo plomizo que se abre a tu desprecio
Un hospital abierto al margen de la muerte y el pecado.

Yo soy ese villano, ese ser degenerado que nació poeta.
Sensible cada día a cada instante ante tu gesto,
a condenas y vacíos estructurales de mis sueños.
A veces soy poeta, pero maldita sea, ¡a qué precio!

Yo soy quien toma notas a tu espalda,
psicografía que desciende al atributo,
aire que sube por la esquina de mi falda.
De vez en cuando soy poeta y rindo culto a la palabra.

Yo soy  insomnio destructor de tu ego,
tu espejo a solas, testimonio desgarrador
de tan baja escala humana casi teatral
de sentimientos. Luz de otoño, casi invierno,
la estupidez del momento en que me vas a besar.

Yo no sé realmente qué soy, puede ser que poeta.
La niña que era erró sin tregua contra el tiempo.
La niña que soy se avergüenza de su luz verdadera.

Aquí me veo, enterrada de libros, en mi sitio.
Como una piedra filosofal  en que caer a plomo
y despertar de la vida para vivir más lento,
despojada de metas, más borracha de sueños.
A veces soy poeta y maldita sea, ¡a qué precio!



Teresa Velasco Castillo



sábado, 1 de octubre de 2016

Fisionomía del corazón

FISIOLOGÍA DEL CORAZÓN

¿Alguna vez han pensando que el jardín botánico de El Bosque es igual que el corazón? Yo diría que sí. Disfruten de esta idea y, por favor, piénsenlo...



La situación privilegiada del corazón  sobre dos continentes, esternón y dorsales,  y una red de jardines de olvido desarrolla tan vasto patrimonio vegetal y micológico de sentimientos humanos que hoy conocemos.
Digamos que el corazón es y ha sido siempre una ciudad importante, incluso antes de fijarse en ella la capitalidad de nuestro organismo. Algo tendrá el agua cuando la bendicen y, aparte de su proximidad a la aorta, algo más tendría para que todos los habitantes del mundocuerpo fueran a parar de una u otra forma a este órgano “hueco”.
¿Se han fijado alguna vez en  la media hoja, enrollada a medias, que es el glóbulo que transportan nuestras vénulas? ¿ han pensado alguna vez en cómo transcurre la sangre de un obeso y su parecido a la baba que deja el caracol? ¿y los grumos de sangre espumada por las grietas del olmo de Machado?
Todo empieza con un impulso eléctrico en el nódulo acebuchal, donde una forma asilvestrada de masas boscosas infringe el ritmo infernal con que corremos la maratón de la vida. Posteriormente, y asentado sobre terrenos de carácter ácido, el alcornocal trae a ciertos rincones de la aurícula un palpitar disperso que se encarga de nuestro paisaje.
En el encinar mesomediterráneo, justo en el mediastino, a mitad de destino entre lo que somos y lo que pudimos haber sido, los torviscos y palmitos ofertan un homenaje multicolor a la sangre que retorna por las venas.  Allí, el quejigar espera ansioso en el cauce del río a ser abrazado por una encina amiga que haga dilatar la pared miocardíaca. Cuando esto no sucede, se da lo que se conoce como infarto de “miocardio” y el sujeto cree suyos los corazones, majuelos y rosales silvestres cuyas hojas caducaron hace años.
Es necesario, por consiguiente, mantener los niveles de presión arterial entre unos valores mínimos y máximos que permita la vida del arroyo sanguíneo. Para ello el pinsapar despliega cada uno de los elementos anatómicos del fruto y la flor de la Inteligencia, solo presente en la familia de los homínidos.  
El pinsapo, como sabrán, debe ocupar los lugares más frescos y umbríos de la memoria, ya que su función calienta todo el órgano disparando los niveles de gasto cardíaco. Esto no se da a menudo y, protegido por la ley, el pinsapo se encuentra en peligro de extinción  desde que Sócrates fue envenenado con la cicuta.
Recientemente, los seguidores de Carl von Linné, han detectado una nueva región en el círculo de pasiones de la vegetación serpentícola, justo bajo la válvula tricúspide. Se trata de afloramientos metamórficos de origen volcánico llamados periodistas, que han dado lugar a una nueva dosis de verdad en un suelo poco fértil y algo tóxico como consecuencia de la enorme concentración de parásitos con corbata.

En resumidas cuentas, un circuito sistemático de arterias, capilares y venas por donde transcurre la visita a recuerdos embriagadores de voluptuosas nostalgias y frondas castigadas por los siglos de los siglos, amén. 




Por: Teresa Velasco Castillo