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La vida es irónica:
Se necesita TRISTEZA para conocer la FELICIDAD, RUIDO para apreciar el SILENCIO y AUSENCIA para valorar la presencia

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lunes, 15 de mayo de 2017

Y entonces me duermo

Tenía ganas de escribir, y poco sueño... Ahí queda el resultado


A veces corro tanto que confundo cero e infinito,
Y te sueño tan fuerte que a veces olvido
Al entregarme, realizarme y morirme contigo.

A veces escribo sobre arenas movedizas
Por referencia al Amor, sin saber definirlo
Pero yo soy el poeta, y doy forma a mis antojos
Y hoy me muero por ti, por tus ojos y los míos
Heridos de metralla por mi esclavo pensamiento
Y en ese trascender, siempre  presente, te pienso.

A veces la vida es una enfermedad, crónica, progresiva
Irreversible, y a veces, la muerte se convierte en la cura
Pero también el alma tiene sus días de salud
Y se impregna de tiempo al hacerse su historia
Y a veces la creo, y se me olvida soñarte, y entonces me duermo.



Teresa Velasco Castillo

viernes, 14 de abril de 2017

Con las piernas por delante


Si todos los cursos de agua no fuesen
cadenas, sucesiones, sepulturas minerales,
tropiezos litológicos donde encajar mis viejos huesos
como un adorno inútil en esta pared vacía

Si vivir no fuese el desagüe mismo de la vida
viernes tectónicos, movimientos tétricos, sin orejas ni ojos,

Si yo te hubiese drenado de mis versos
la morfometría, en general, dilataría este paisaje,
este sucio cementerio que yo prefiero a tu ausencia
variaciones de pendiente, cambio de rasante,
antes que suplicar una piedra  a este río
me pudro en mi charco con las piernas por delante








Teresa Velasco Castillo

domingo, 19 de marzo de 2017

Igual que el mar recuerda a sus ahogados

No he corregido las mayúsculas de cada renglón por pereza. Disculpen las molestias. 


Cómo dudar que nos queremos
Que somos dispersión en lo concreto,
Cartas náuticas en Tierra del Fuego
Mar que como el sueño en su vientre recoge
Los frutos prometidos de las luces del puerto.

Cómo creer cuántas estrellas hay en el cielo
Tendidas sobre el velo que la ciudad envuelve
Y en su espejo voluble solo yo padezco el frío:
Sol que lento expira, granizo y cosas mismas
Mil veces repetidas en el poeta que del amor conoce la desdicha.

Cómo estar muriendo de gris y no oír
Los últimos destellos del muelle Heredia
La única nota que el dolor toca al violín
Donde brota una mañana de misa y de deseos
Que de la noche nos negamos a dejar ir.

Cómo morir y no saberlo y engañarnos
Como la luna engaña la percepción del tiempo
Como el ser y estar se confunde. Ya no solo en inglés.
Yo te quiero en universales, en esencias, existenciarios,
Como no debería de quererte te amo
Igual que el mar recuerda sus ahogados.



 Teresa Velasco Castillo

domingo, 5 de marzo de 2017

Los colores del alma

El problema que se me plantea cuando me enfrento al color de un cuadro, además de mi ignorancia absoluta, es el polvo de experiencia que cubre las cuerdas del alma. Es lo que llamamos “propiedades obvias”, una evidencia sujeta a nuestro proceso de socialización y adoctrinamiento. ¿Existen sentimientos preconcebidos, como ideas preconcebidas existen? ¿Puedo rebelarme contra lo que se supone que ha de transmitirme cada color?

A mí, que me tocó vivir entusiasmo por el concepto de “empatía” en las escuelas, el negro no me recuerda a la muerte, sino a ese niño del que abusan en los recreos, mientras que el blanco en su silencio profundo y lleno de posibilidades se alza como líder de masas.

El amarillo, cuya violencia puede ser dolorosa y agresiva, es el titiritero de turno para el que la risa de unos cuantos justifica cualquier acto de crueldad sonora. No sé cómo lo escucharía Kandinsky, pero me recuerda al silbido agudo de la flauta cuando el aire escapa a los dedos que la cubren. Su unión con el azul lo hace más calmado, de ahí que el profesor los ponga juntos en todos los trabajos, porque el azul, ya se sabe, es el color que todos eligen en el parchís.
Mi hermano es de color azul. Un príncipe, corrompido por el poder de la belleza, que todas las chicas de rojo  se disputan, soñando  con convertirse en púrpura algún día.

Al fondo de la clase se sienta él con el pegote amarillo y su colega el verde, un tipo que vive de la esperanza, esperando que todos hagan las cosas por él. En mi país, incluso en zonas de sequía, son mayoría absoluta, si bien con el tiempo se hacen marrones y obstinados.

Sigo sin entender por qué nos pintan las emociones, por qué nos representan los dioses, y los libros y los personajes que como estos que describo no tienen otro horizonte más allá de la mente y el alma de cada individuo particular. Mi corazón me lo pregunta y yo no puedo más que darle la razón.





Teresa Velasco Castillo

domingo, 26 de febrero de 2017

Nostalgie de la boue

Digo adiós a mi atracción por lo crudo, desgarrado, degradante, depravado. Digo adiós a la inconstancia (de momento) y paso a estar idiotizada de amor por un tiempo, espero que siempre. 



Nostalgie de la boue

Estas son las confesiones de un poeta en crisis
de una noche triste de final de febrero
donde invenciones como la prisa o el reloj
son ahora anacronismos en lo más hondo del corazón ciego

Esta es la elegía a los poemas que hacían
sudar termómetros contra las paredes.
Resentimiento vivo todavía de la conciencia clara,
de la capacidad de ser valiente en poesías.

Quiero deciros algo.
Solo nos queda esperar sentados
por si vuelve la soledad.

En la melancolía de entonces  me quedará
la presencia de una edad temprana
la Afrodita del amor vulgar.

El sentimiento  tibio de quien besa
sin promesas y con los ojos abiertos
al tiempo que yace en la mirada.

Yo esperaba otra cosa de la vida.
Yo esperaba ser un verbo irregular.

Exposición temporal en el archivo
incapaz de superar los vicios
del corazón infiel y rechazado,
de la estrofa en el francés original.

Pero no solo Sabina se traiciona
también yo me engaño a conciencia,
aparte del sueño,  me engaño
porque el hecho de estar vivos exige algo:

Besar con los ojos cerrados,
abrazar por debajo de la piel
aunque no sea la poesía que buscamos.

La voz de mi poema no es ahora desgracia
penetrada de sudor y de bohemia,
de alcohol,  de drogas y tabaco.

La aleación de tu cuerpo con el mío
torpemente desdoblados en la cama
No será antología en las escuelas,
pero siempre poesía de mi alma.


Teresa Velasco Castillo



lunes, 20 de febrero de 2017

CARTA AL HOMBRE DE MI VIDA



De todos los hombres de mi vida -y en ellos cabe también Miguel Hernández, Baudelaire, Richard Bach o Rafael Alberti- , solo la prolongación eterna de los padres lleva a la vehemencia expresiva de mis pasos.
Zurich Maratón de Sevilla 2017 no habría sido posible sin la admiración que en mi despierta un poeta tan barroco como Góngora o Quevedo, tan puro como  Jaime Sabines, tan desenfrenadamente inconstante y tozudo como el gran Salvador Velasco y su inconsciencia poética. Y hablo de inconsciencia porque, como Neruda, tiene el vicio capital de los poetas, ese vicio romántico que esconde en respuestas cortas.
Y hay que ser, como decía Emil Cioran, de un temple excepcional para dejarse devorar por el dolor… en silencio. Ese es mi padre. Para el que no lo conozca él es el Blue Ray de los príncipes azules, la sangre en el camino de los pobres, sol en el verso, soneto en los gestos del alba que asoma por el décimo kilómetro de mi alma.
Mi padre fue mi manager. Un hombre hacia dentro, enmudecido. Él mismo a solas con aquello que sea que sucede dentro de su ser. Y, en medio de todo ello, una voz que incita a seguir luchando en este espantoso espectáculo bélico que es la vida.
Él me empuja a golpes de calor cuando mis manos están frías y las suyas aún conservan algo de humano. Me tira con guitas y cuerdas invisibles cuando ni siquiera puede verme. Me clava en la garganta anzuelos y me oprime contra la nada cuando en sus brazos no consigo el consuelo de niña mimada que fui.
Él me altera la lengua y me pone los pies en el origen. Una pena suya pesa más que todas las desdichas que me quepan ¿no veis acaso su alegría en mi impaciencia, su lunar en el lunar de mi costado? ¿No parecen sus ojos  mis párpados, su angustia mi carne desgarrada?

Hay y habrá muchos hombres en mi vida. Como un castigo infinito, como lluviosas penas, como parte irrevocable del camino que lleva al kilómetro 42. Solo él será epitafio de mi piel ya vieja. Verdaderamente serio y eterno por dentro. Heredé la fortuna de no contar mis problemas.

PD. No creo que pueda compensar nunca lo que te debo

Teresa Velasco Castillo

sábado, 4 de febrero de 2017

Cuando muera diré a Dios.

Cuando muera le contaré a Dios las veces que nos hundimos en la cama,
preguntaré si acaso oyó el suspiro que habita en las lenguas del desierto.
Le contaré la adrenalina de ser humano y pecado original, el dolor del alma
cuando es tocada por canciones y por olas que pelean un espacio en el lienzo.
Preguntaré por qué no hizo más fuegos artificiales y menos armas de fuego,
por qué puso frenos, bridas, espuelas,
por qué no todos pueden ir a la escuela.
Cuando muera le contaré a Dios el valor de una mirada en el horizonte de tus ojos
como si la arena cortara las venas de un cielo rojo
y preguntaré si no es así el color de la guerra en tantos sitios que no vi.
Cuando muera diré lo que nunca escribí en mi diario.
Pondré voz al sordo que soy cuando solo pienso en mí y mi ombligo
y alas a la cojera del corazón cuando no hay mayor imposible que un contigo.
Le hablaré de la romántica incorregible que en la pared de sus versos choca,
del techo del cielo de tu boca con palabras textuales .
Y estaré muy agradecida por haber tenido tiempo para perderlo
en contar calorías en las cenas, para entregar mi imperfecto cuerpo
a tus pies después de comernos los besos.
Cuando la muerte venga esbozaré la mueca más cargada de ironía
y no hará falta hablar de lo que no se puede decir.
Las células, entonces erradicarán conexiones y  se volverán frías
como las lenguas del desierto cargado de vidas

que no tuvieron la oportunidad de vivir. 


Por Teresa Velasco Castillo.