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La vida es irónica:
Se necesita TRISTEZA para conocer la FELICIDAD, RUIDO para apreciar el SILENCIO y AUSENCIA para valorar la presencia

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viernes, 29 de abril de 2016

Viceversa

Hoy, después de un tiempo con el ordenador fuera de servicio, tengo el placer de compartir un poema reciente y distinto que surge a raíz de escuchar repetidamente  a la Orquesta Mondragón. Espero que les guste como ha quedado. 


Fatigoso, mordaz, ignorante de tu piel,
irracional, como el corazón que habito
de espaldas al cielo del que he sido
y soy testigo:  neón, lejano, inquieto y desconocido.

Corazón de almidón, anuncio y profecía.
La muerte me acompaña hecha cenizas,
se balancea por los cauces de hormigón de acera,
en las ciudades en guerra, en las guerras de la ciudad.
La ayuda humanitaria llega tarde
para salvar al mundo de su soledad.

Lenta como este trastorno mal llamado,
mi memoria se detiene, cada segundo
a contemplar tu corazón vacío
a naufragar por tus calles de perfil cambiante
como una identidad autista de palabras.

Corazón aquejado por “mal de amores”,
eco de silencios eternos que van y vienen
en el sístole y diástole de la válvula tricúspide.

Corazón semilunar, luna traviesa, mitral,
fosa oval, amante de la necesidad convexa,
pericardio visceral y terrestre, temporal,

tangible, infinito, “para siempre” y viceversa. 



Teresa Velasco Castillo

viernes, 18 de marzo de 2016

El inquilino

Es increíble el poder del inconsciente que, queriendo escribir de la vida, siempre acabo hablando de la muerte. Espero que les guste este poema de desamor. 


EL INQUILINO

En un trastorno de desiertos amueblados,
que viva y muera  mi palabra al mismo tiempo
es la ironía con que decimos cierto
que nada o todo debería  haber cambiado.

¿Qué puede hacer una niña atrapada
en un cuerpo de mujer con vocación moribunda?

Para hacer justicia, infancia mía de polvo, escala de gris.
Indiferente se ha vuelto la vida,
cuando es sin ti.

¿Qué espíritu ruin, negro y desprendido de moral
me acusa de hurtar las flores del desierto?

Que con enhiesto, firme pavimento
habré de enfrentarme a mi ventura,
la locura con que azoto oscuridades
buscándote en los ecos que retienen tu voz.

Cierto, no merezco los muebles de mi cuerpo
¿para qué si tú no pagas tu alquiler?

Deja mi alma en su ciudad talada,
cierra ventanas, que con el frío no se cuaje tu recuerdo,

pero abre la puerta de mi piso por si pasa un nuevo inquilino.

Teresa Velasco Castillo

domingo, 13 de marzo de 2016

Inventario

Después de un mes de estudio frenético, anorexia afectiva y  sublime resaca de lo físico y teórico de la física humana, puedo decir con orgullo que acabé un trimestre. Y como dicen los “Fitos y Fitipaldis” en sus acordes: todo empieza cerca del final. Pero también tengo que dar hoy la razón a los locos de la escuela nietzscheana en que el eterno retorno está ahí, aquí, con nosotros, terrenales, pero extraordinarios. Capaces de lo mejor y lo peor por algo que ni siquiera existe, ¿o acaso la Semana Santa no es un acto exquisitamente vano? Esos tronos de estética dieciochesca que rescatan centurias pasadas provocan en mí un sentimiento cercano al infarto. Yo que ni soy creyente, ni creo que le debamos nada a la religión.

Efectivamente la Semana Santa está a siete días de ser el centro de nuestras conversaciones. Diálogos que se repiten desde que España es España y todo sirve de excusa para un debate polarizado. Pero no vengo a prorrogar mi discurso ateo de todos los años. Vengo a probar que todo vuelve. Incluso uno a veces se deja caer en los lugares donde fue feliz y acierta. ¿O va a tener Sabina siempre razón?

No tengo palabras en mi pequeña biblioteca para describir cómo me siento después de la 38 edición de la Carrera del Bastón. Hace ocho años mis compañeros de clase me gastaban bromas (propias de la edad) por participar en un evento cuyo título iba precedido de tres “X”. Hace cinco que lo pasé mal por no poder participar, pero ahí estaba animando. Cuatro años han pasado de la edición en que lloré, un día por fuera y muchos por dentro. Dos años tratando de recuperar lo perdido. Y hoy puedo decir que mi proyecto de retorno al pasado empieza a dar sus frutos.

Me vuelve a quedar la esperanza de dejarme seducir por los calendarios de cross y las crónicas del fin de semana. De volver a sentir mis gemelos estimulando los vasos linfáticos y sanguíneos de un corazón que creía muerto en su latido.

Qué triste la condición humana, conforme con ser conscientes de su contracción muscular, cuando todo lo que hacemos no es más que un paréntesis vacío y en vano con el que rellenar de preguntas nuestro tiempo hasta alcanzar la muerte.  Pero ahí estoy yo. Otra vez. En un eterno retorno, que para bien o para mal se hace imprescindible en mi inventario.


viernes, 12 de febrero de 2016

Dolor de garganta


Hoy me he levantado peor de la garganta, con una tos profunda que no consigue enunciar ideas claras desde sus yacimientos. Tampoco era difícil suponer que después de tanto tiempo sin escribir, enfermase el alma y a falta de voces propias me diese por crear otras nuevas casi al borde de la copia: letras aisladas, distantes e insurgentes y, finalmente, compuestas perífrasis que convierten el texto en carnavales de franela gris.

¿Quién enseña a hacer versos? Los versos mismos con la esforzada manipulación de un grafómano con un poco de vocación suicida, o al menos en mi caso. A veces es cómo si las ideas viniesen a acariciar mi nariz para que las palabras saltasen de un estornudo al papel. Luego está la definición de periodista, que bien la sintetiza Gerardo Diego en “salvador de instantes y cantor de lo cotidiano”, donde ya no sé si encajo o estoy encajada desde que abriese los ojos hacia el “oficio de ver”.

Mi corazón se ha encallecido a los moldes de una sociedad corrupta y monotemática, pero lo que más me duele es saberme vieja para la lucha. Desde que mi adolescencia cayese en picado sobre el último capítulo de versos excluidos de mi biografía, mi vida está llena de capítulos finales sin ningún fin. Mi corazón, en el tamaño de un puño se abre y cierra a la primavera sin dejar nunca de sufrir una serie de circunstancias adversas tales como esta bronquitis de a saber qué va a ser de nosotros con los años.

He bajado el volumen de lo que escucho, pero por más que lo intento no consigo subir el tono de lo que siento y al final todo es un ruido de tiempo devastando mis buenas intenciones. Porque la poesía persigue algo más que un arbitrario laberinto de letras; es devolver la magia a esas pequeñas cosas que pasamos por alto y ahí reside la fascinación que ejerce sobre nosotros. Puede que el periodismo empezase de su mano, pero éste ha ido involucionando hacia adelante con pequeños repuntes como espadas que nos hacen sospechar que Dios existe.


Ayer, Jalis de la Serna devolvió su función originaria de denuncia al periodismo y por un instante mi corazón, enterrado de virus, comprendió la minúscula diferencia entre posibilitar la existencia de Don Quijote y salvarle la vida a Pablo Ibar. Y no sé si todo ello servirá para algo, pero a buen seguro que la próxima vez que ejecuten a alguien en el corredor de la muerte, el periodismo de denuncia se sentirá  más moribundo en sus entrañas. 


Teresa Velasco Castillo

sábado, 30 de enero de 2016

Universos paralelos: Me como el mundo

Hoy los astros se han alineado y las lluvias me han dejado escribir este poema. Quiero dedicarlo a tod@s los especialistas, como yo, en tropezar con la misma piedra y regocijarse en la herida. También a los filósofos, sobre todo a los seguidores de Lao Tsé y sus ideas sobre la armonía del macrocosmos y el microcosmos y los polos opuestos y... en fin, espero que lo disfruten. 



Podría estar toda la noche despierta
viendo como la luna se repliega en estrella
soleándose  conforme la ley inherente a la entelequia
para engendrar este epigrama de experiencias muertas.

¿Y si existiera un universo de posibilidades
Sin santos mensajeros de un cielo en crisis,
Ni filósofo rey yuxtapuesto a la ley de tú y yo sin terceros?

Tu ausencia destila mi tiempo.
Sobre la almohada mullida,
la adrenalina de caminar lento,
durante toda la noche,  despierta.

Mis pasos siguen tirados por el suelo, expuestos,
mientras los transeúntes pisan cabeza y cuerpo de mi sombra,
alfombra dispuesta a que tus pies lleguen lejos,
en un camino definido para el hombre.

Todo ello, fundamentado gastrológicamente
cuando digo “me como el mundo”
y el macrocosmos se ríe a carcajadas, en mi mente,
porque al día siguiente no me muevo, por si llamas.

Teresa Velasco Castillo


domingo, 24 de enero de 2016

Cuando cumplas tus quince


Aunque much@s estarán esperando el relato de la semana, hoy he optado por volver a los viejos tiempos y escribir uno de estos poemas sencillos con una pequeña dosis de moralina sin moral. Todo pensando en mis hermanos pequeños. Espero que les guste.


Cuando sea vieja a la luz de tus ojos y tú, en cambio,
necesites documentos que avalen tu existencia,
recuerda los versos de Neruda y no te dejes morir lentamente.

Ama con certeza y sin razón a la menos indicada para ti,
nunca evites la pasión, mas conserva el brillo de tu alma  joven,
que ya se encargarán los viejos, como yo, de abrirte los ojos.  

Las nubes viajarán desde tu ombligo hasta el plano sagital de tu cabeza,
 y puede ser que el sol de vez en cuando se afane en volverte loco.

Cuando mi cuerpo se arquee y mire cabizbaja al suelo,
tú habrás de respirar salud con la mente dispuesta a que mire y reciba.
El timonel de tu barco dará vueltas, mas la brisa será la mejor que tengas.

Recuerda; vivir deprisa es tejer la muerte desde la sombra del ahora,
morir despacio es amar  en defensa propia.
Cronifica la enfermedad de la vida a través de la noche,
lleva tus fantasías, no las  mías, a sus más altas cumbres,
y no dejes que el sol enquiste los sueños de tu infancia.

Que la naturaleza te enseñe a arrepentirte y que nadie salvo tú
perdone tus pecados, que habrá tiempo de saborear la tierra.

Allá arriba, en la altura, qué importa lo que te diga la gente,
solo cuando tu cuello pierda su tersura, podrás decir
que tienes suficientes experiencias para empezar a vivir.



 Teresa Velasco Castillo

miércoles, 20 de enero de 2016

Universos paralelos IV: Utopía

Diego vivía en un futuro no muy lejano al 632 después de Ford, si bien la vida poco se parecía al utópico desgobierno que Huxley vaticinaba. Después de siglos de guerra y sangre, la sociedad había logrado estabilizarse en un subgénero liberal que los ortodoxos habían denominado neo-anarquismo.

 Había países que se extinguieron tiempo atrás y que apenas se consideraban en los e-book historiográficos de los niños y niñas de secundaria. Tal era el caso de Palestina o Venezuela, de la cual estaba prohibido siquiera mencionar sus colores.

También desaparecieron los funcionarios de la seguridad, sustituyéndose estos por la política del “ojo por ojo” el mismo día que se legalizaron las armas en toda la Comunidad del Nuevo Orden. El mercado había crecido enormemente junto con la “economía del consumo” que aseguraba un continuo flujo de dinero en las bolsas. La “prima de riesgo” había quedado enterrada en los primeros y más livianos temas de la historia de la Antigua Europa.

Entre todo aquello, la familia de Diego había conseguido  lo necesario para vivir honradamente, si bien, la insatisfacción del joven no había dejado de aumentar desde que éste tuviera uso de razón. A veces deseaba narcóticos contra el olvido tales como los que tomaban sus compañeros de aula para los exámenes. Otras veces, la nueva taser juvenil con la que los niños ejercían su “ojo por ojo”.

 Un buen día, decidió por su propia voluntad salir de casa con lo puesto y recorrer errático toda la ciudad en busca de un buen refugio hasta instalarse en un nuevo hogar. Eran las tres de la mañana y la luz de las farolas era un oasis invernal y pálido cuya procesión de trazos luminosos se perdía entre las calles. Cuando ya no pudo andar más, Diego se sentó junto a una de estas farolas hasta quedar dormido a la intemperie. Una vez despierto, como era de esperar en una ciudad sin ley, estaba desnudo y sin nada para defenderse, por lo que no tuvo otra que volver a su casa. Su color era el de un cadáver, pálido y fantasmal con el único matiz rojizo en las extremidades más expuestas al frío. Salió corriendo como pudo hasta tropezar de bruces contra un tipo enorme que vestía con pasamontañas.

-        -   ¿Qué haces por aquí a estas horas Diego? –preguntó una voz de ultratumba.
-        -   Eh…eh… esto, voy a casa… ¿y usted?, ¿cómo ha adivinado mi nombre?, ¿eres tú Sergio?
-        -   Soy tu única sombra, y esto es un sueño, pero puedo devolverte tu ropa, tu casa y a tu familia o concederte la vida que siempre has deseado, ¿qué te parece mi propuesta? Yo te proporcionaré todo lo que deseas siempre que me pagues tu deuda con la salud de los tuyos. ¿Quieres una taser? Le costará una gripe a tu madre.

Diego pensó por un largo rato en que su piel paso de un blanco casi perfecto a un tono violáceo que poco distaba de la muerte. Finalmente aceptó la propuesta y despertó. Volvió a casa y allí tenía lo que quería: sus narcóticos y su táser reunidos en la mesilla de noche. Bajó aún con el pijama a desayunar, pero no quedaba café.

-         -  Buenos días Diego –dijo su hermana pequeña - Mama aún no ha despertado, dice que se encuentra mal.  Está en la cama con el termómetro puesto.

Efectivamente, sus caprichos habían costado una gripe, pero a Diego le pareció un mal menor para el beneficio de su petición, así que hizo una lista con las cosas que siempre había deseado. A fin de cuentas, la salud podía recuperarse y la mayoría de lo que pretendía encargar podía durar hasta toda la vida: armas, vacunas de conocimiento y habilidad, videojuegos, etc.

A la mañana siguiente de rellenar su solicitud y dejarla en el mismo mueble en que aparecieron la taser y los narcóticos, encontró una nota donde especificaba el tiempo que se requería para cada objeto y un sello oficial bajo el que debía firmar el demandante del acuerdo. No leyó la letra pequeña y garabateó el folio sin pensarlo.

Sus notas mejoraron enormemente gracias a la vacuna, que apenas costó una fractura de muñeca a su hermana pequeña y, con sus nuevas armas se había convertido en el más popular de la clase. Hasta que un día interrumpieron en el aula para comunicarle que sus padres estaban en el hospital por un accidente.

-        -   Diego acaban de llamar del policlínico, tus padres están estables, pero nos han dicho que vayáis a casa de vuestra tía Marta por unos días.

Diego levantó la mano con expresión solemne, pero rápidamente se arrepintió de su impulso y volvió a sus labores académicas con la cabeza gacha. Bien por acaparar algo de atención, bien por cortesía o más sinceramente, todos sus compañeros tuvieron palabras para él en algún momento de la mañana.

A las dos en punto la sirena sirvió de cierre a una semana que se antojaba algo turbia para la familia Mendez. Diego fijó la mirada a sus pies y con paso ligero devoró el camino, contestando monosilábicamente las preguntas de su hermana pequeña.

-        -   Pero, ¿cuándo volveremos a casa?,¿podemos ir a ver a mama y papa? ¿mañana vendremos solos al colegio o nos trae la tita?
-       -    No sé, ya se verá.

El edificio de Marta estaba al sur de la ciudad, en el pedregal del ala este de Málaga. Era una casa moderna, de dos plantas, construida sobre uno de los garitos al que más gente asistía en las noches de verano para contemplar la iluminación del paseo. El balcón de la casa asomaba a la playa y, junto a la barandilla, había dos maceteros con jazmines un tanto descuidados. Desde que los primos de Diego se independizasen, las habitaciones más espaciosas y cómodas habían quedado vacías y, aprovechando la ocasión, fueron ocupadas por los dos hermanos.

Pasaron un par de semanas hasta que les dieron el alta a sus padres, si bien Diego y su hermana permanecieron algo más de tiempo en aquella casa,  mientras sus padres lograban valerse torpemente por ellos mismos. Afortunadamente, las secuelas fueron leves; un diez por ciento de pérdida de movilidad ósea en el brazo y alguna cicatriz en la frente.

Del otro lado, Laura, la hija menor de los Méndez, ya se había recuperado de su fractura y volvía a retomar sus actividades extraescolares, lo que hacía que Diego pasase las tardes solo en su habitación. Éste comenzó a sentirse vacío conforme tachaba días del calendario sin esperar ninguna fecha en especial y la llamada del consumo volvió a ser la única voz que acabó por escucharse en su cabeza.

Le llevó un tiempo volver a pedir uno de sus deseos. Esta vez lo meditó con esmero y llegó a la conclusión de que lo mejor sería un viaje a la nieve con sus compañeros de aula. Desde luego era una de estas experiencias que no se volvería a repetir, teniendo en cuenta que era su último año antes de entrar en la universidad.

Su deseo fue concedido sin reveses y el dinero apareció como por arte de magia bajo su almohada. Para su asombro, además, su familia no había salido afectada en esta ocasión, lo que le dejaba la conciencia tranquila.

-         -  ¿De dónde sacaste el dinero si yo no te di la paga este mes? –preguntó su tía y posteriormente sus padres.
-         -   Nos lo concedieron a unos cuantos que colaboramos como voluntarios en la semana cultural del cole. –Mintió Diego satisfecho.

Durante el viaje, Diego apenas se acordó de llamar a casa. Estaba ensimismado con el contraste de rutinas que exigían las actividades: por la mañana esquí, a la tarde juegos y por la noche fiestas. Un día tras otro en que hasta las costumbres más simples le deslumbraban.  Cada mañana, como un gran vigilante, querido a la par que temido, se levantaba el Pica d’Estats evocando viejas leyendas de Dioses que tenían la nieve por escenario.

El último día Diego, en la estación, se quedó sin batería, por lo que no pudo ver las numerosas llamadas perdidas que había recibido desde los servicios de emergencia de su ciudad. Fueron hasta ocho horas de viaje mal contadas, pero por fin los chicos y chicas pudieron estirar las piernas al llegar a la estación de trenes del Vialia.

Sobre la convergencia de emociones característica de las estaciones poco queda que decir. Todas las emociones posibles confluyen en estos laberintos de maletas y puertas de embarque donde todos los sentidos parecen estar puestos en superar el trance de un presente que para la mayoría se hace eterno. Pero después de la tensión del regreso vienen los abrazos y los besos y ese puñado de momentos que Diego deseaba enormemente y no llegó a recibir.

Una vez comunicado, después de un número ingente de llamadas a familiares cada vez más alejados de sus padres y hermana, supo que lo único que una vez tuvo lo había perdido. Toda la familia Méndez había muerto en su suceso de adversidades propias de la ciencia ficción.



Teresa Velasco Castillo